La revolución ilusoria

El futuro con el que estábamos soñando no está basado en la realidad.

by
Robert Jensen

From Adbusters #85: Thought Control in Economics


Mike Mills, Seamos seres humanos, 2003, Fotografía: Todd Cole

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Imagina que estás viajando cómodamente en un tren elegante. Miras a través de la ventanilla y ves que las vías terminan de forma repentina no muy lejos de donde estás… El tren se descarrilará si sigue adelante, por lo que sugieres que se pare de inmediato y que los pasajeros continúen a pie, lo que requerirá un cambio importante en la forma de viajar de todos, claro está, pero a ti te parece la única opción realista, ya que continuar despedidos hacia adelante es exponerse a consecuencias catastróficas. Pero cuando propones esta línea de acción, otros -que se han acostumbrado a viajar cómodos en el tren- dicen: ''Nos gusta el tren y sostener que tenemos que bajarnos no es realista''.

En los Estados Unidos actuales estamos atrapados en una ilusión parecida, ya que se nos dice que no es ''realista'' rendirnos ante la idea absurda de que los sistemas en los que vivimos son los únicos posibles o aceptables, basándonos en el hecho de que a algunos les gustan y quieren que sigan así. Pero, ¿y si nuestro nivel actual de consumo en el primer mundo está acabando con la base ecológica necesaria para la vida? Se siente. Las únicas opciones ''realistas'' son aquellas que consideran este estilo de vida innegociable. ¿Y si la democracia real no fuera posible en una estado nación con 300 millones de habitantes? Se siente. Las únicas opciones ''realistas'' son aquellas que consideran esta forma de gobierno inmutable. ¿Y si las jerarquías en las que se basan nuestras vidas producen carencias materiales extremas para los oprimidos y desgracia sorda a los privilegiados? Se siente. Las únicas opciones ''realistas'' son aquellas que consideran la jerarquía inevitable.

Permítanme darles una visión distinta de la realidad:

(1) Vivimos en un sistema que, visto como un todo, es insostenible- no ya a largo plazo, sino también a corto plazo.

(2) Los sistemas insostenibles no se pueden sostener.

¿Qué tal esta como reflexión teórica profunda? Los sistemas insostenibles no se pueden sostener, es algo difícilmente discutible, por lo que lo importante es saber si vivimos o no en un sistema que es insostenible de verdad. No hay manera de probar de forma definitiva una generalización semejante, pero mira alrededor, a lo que hemos construido, y pregúntate si de verdad crees que este mundo puede seguir adelante de forma indefinida… o incluso durante más de algunas décadas. Tómate un minuto para sopesar el fin de la energía combustible barata, la falta de sustitutos viables a gran escala para esa energía y las consecuencias de quemar lo que queda de ella. Ten en cuenta los indicadores de la salud del planeta: la contaminación de las aguas subterráneas, la pérdida de la capa superficial del suelo, los niveles de toxicidad. Ten presente la desigualdad creciente en el mundo, la intensidad de la violencia y la desesperación que tantos sienten a todos los niveles de la sociedad.

Basándote en lo que sabes acerca de estas tenencias, ¿crees que este sistema es sostenible? Si dejases ir el apego que le tienes a este mundo, ¿habría alguna manera de imaginarlo como un sistema sostenible? Teniendo en cuenta todas las formas que tienes de comprender el mundo, ¿hay algo en tu campo de percepción que te indique que vamos por buen camino?

Lo importante es saber si vivimos o no en un sistema que es insostenible de verdad.

Ser totalmente realista ante todo esto es reconocer el fallo de los sistemas fundamentales y renunciar a la idea de que todo lo que tenemos que hacer es recalibrar las instituciones que estructuran nuestras vidas. El futuro de antes – cómo creíamos que las cosas funcionarían- se ha ido para siempre. El estado nación y el capitalismo están a la base de este sistema insostenible, por lo que dan lugar a esta configuración de la alta energía/consumo en masa de las sociedades privilegiadas que nos ha endilgado lo que James Howard Kunstler llama ”un modo de vida sin futuro”. El futuro con el que estábamos soñando no está basado en la realidad, pues la mayor parte de la población mundial -que no viven con nuestros privilegios- no tiene más opción que afrontar esta realidad. Ya es hora de que la asumamos también nosotros.

Robert Jensen es profesor universitario de periodismo en la Universidad de Texas, en Austin. Es autor de (solo disponibles en inglés): Getting Off: Pornography and the End of Masculinity y de All My Bones Shake: Seeking a Progressive Path to the Prophetic Voice.

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Suicidio en Facebook

Destruye tu cuidada imagen virtual en cuatro fáciles clicks

by
Carmen Joy King

From Adbusters #80: The Freedom From Want


Photo by Geoffry Cottenceau & Romain Rousset, 2005

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En marzo, en la cúspide de la popularidad de Facebook, me quité. Con cuatro rápidos clicks de ratón, cancelé mi cuenta. Se fue totalmente la persona virtual que había creado para mi misma – perfil, fotos, intereses y actividades, histórico de trabajos, amigos – todo cuidadosamente pensado más allá de la vitrina del mundo, mi mejor versión de mí, todo borrado.

Irónicamente, la decisión de destruir me cuidada imagen virtual dió como resultado el querer incrementar mi perfil. Toda esa semana en particular estuve hambrienta de citas en mi página, de algo que reflejase la semana que había tenido: algo instrospectivo. Busqué en webs de citas y encontré esta que se atribuye a Aristóteles:

"Somos lo que hacemos reiteradamente."

Me sentí abatida. ¿Entonces qué era yo? Si gastaba mi tiempo en cambiar mi foto de perfil en Facebook, en pensar una actualización de estado inteligente para Facebook, en revisar mi perfil de nuevo para ver si alguien había comentado mi página, ¿esto es lo que soy? ¿Una persona que visita contínuamente sus propios pensamientos e imagenes durante horas al día? ¿Y hasta que punto? ¿Soy una egoista? ¿Una voyeur?

Fuese cual fuese la etiqueta, me sentía triste y vacía. La cantidad de tiempo que gasté en Facebook me había empujado a una crisis existencial. No era el tiempo desperdiciado per se lo que me molestaba. Era la naturaleza de la obsesión – propiamente auto-obsesión. Suficiente era suficiente. Dejé Facebook.

En el pasado, mis sentimientos hacia Facebook y redes sociales similares habían oscilado entre un sentimiento genuino de conexión y comunidad y la incómoda percepción de que todo lo que estaba en nuestros blogs, diarios online y perfiles personales realmente respondía a un serio narcisismo. Mientras mis sentimientos acerca de esta sobre exposición continuaban creciendo, la solución obvia hubiese sido ponerle límites a mi tiempo en Facebook – sin embargo, me seguía quitando tiempo en periodos mayores cada vez que entraba. En parte, eran los cientos de pequeños links y las trazas de las vidas ajenas los que me hacían volver. Pero era maas addictivo, incluso, el sin fin de posibilidades para introducir, ampliar y revelar más de mí misma.

Los baby-boomers fueron una vez la generación más egocéntrica de la historia americana y se les etiquetó como la Generación del Yo. En los últimos años este título ha sido apropiado, deformado y reasignado por los bebés de esos mismos boomers – los nacidos entre los ochentas y noventas – ahora llamados la Generación del yo y la Generación Mírame. El autor Jean Twenge, profesora asociada de la universidad de San Diego y un miembro de la Generación del yo – paso diez años investigando el sentido de etiquetación y autoembebimiento de este rupo. Les atribuye el individualismo radical engendrado por los padres del baby-boom y por los educadores enfocados en insistir sobre la autoestima en los niños que comenzó en los setenta. Los niños americanos y canadienses crecieron bajo los aforismos "expresate" y "se tu mismo".

Para ilustrar en profundidad este punto, Twenge encontró un gran incremento de palabras autoreferenciales como "yo", "mio" o "yo mismo" en los libros publicados en los ochenta y noventa. Esas palabras reemplazaban palabras colectivas como "nosotros", "humanidad", "país" o "multitud" encontradas en libros de naturaleza similar entre los cincuenta y sesenta. Esta generación podría ser la menos pensativa, orientada a la comunidad y concienciada de la historia norteamericana.

Al final, ¿qué nos aportan estos largos brazos de la auto-promoción online? Quizá es meramente un componente de la búsqueda para aliviar la oscuridad que econtramos en el vacío existencial de la vida moderan. Como Schopenhauer una vez apuntó, los humanos modernos quizá estén condenados a vacilar eternamente entre la aflicción y el aburrimiento. Para la gran mayoría de gente que experimenta el fragmentado y cambiante mundo del 2008, un domingo pausado al final de una herética semana puede hacerles que se den cuenta de la falta de contenido de sus vidas. Así que actualizamos nuestros perfiles online y nos decimos que estamos saliendo.

Y sin embargo, el tiempo que malgastamos en Facebook solo hace nuestra búsqueda de confort y comunidad más elusiva. Las redes sociales están siendo vendidos como facilitadores de las relaciones comunitarias, pero cuando pienso en los millones de personas – yo incluida – que pasan grandes porciones de sus vidas alimentado un intercambio de miles de imagenes computerizadas y fragmentadas, me doy cuenta de que esto no hace nada por el acercamiento comunitario. Estas imágenes no tienen significado más allá de “estoy guapa desde este ángulo” o “estoy borracho” o “mira quién es mi nuevo novio”. AY mientras seguimos persiguiendo esto con más ahinco – accediendo a facebook desde el trabajo, subiendo imagenes desde nuestros teléfonos móviles – gastamos dinero en mejorar nuestros aparatos electrónicos vendiendo nuestra tendencia al egocentrismo y presentando un desinterés particular e imagenes repetitivas de nosotros mismos. Tiene que haber algo más que esto.

Y entonces lo dejé…

Tras dejar Facebook, me pregunto qué van a pensar mis amigos, familiares y conocidos cuando se den cuenta que he desaparecido del planeta facebook. Sin embargo, algo de mi narcisismo de Facebook – de lo que me doy cuenta y de lo que no – permanece. Pero también me estoy haciendo nuevas preguntas. ¿Cómo encontrar equilibrio entre mi vida online y mi vida “real”? ¿Cúanta exposición es saludable? Cómo actuar de forma responsable para mí y para los que comparten mi vida? Estos siguen siendo “mis” pensamientos pero me siento diferente a antes. Mientras me siento aquí, con el teclado bajo mis manos, con los ojos en el monitor, intento recordarme que mis manos y mis ojos necesitan aventurarse en la comunidad y mirar y tocar la verdad tangible que yace justo bajo esa otra gran pantalla: mi ventana.

Carmen Joy King

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La máquina de la desesperanza

El capitalismo se desmorona y nosotros nos encontramos en la necesidad urgente de un cambio de paradigma, pero ¿estamos preparados para imaginar una alternativa?

by
David Graeber

From Adbusters #82: Endgame Strategies

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Ahora estamos en un callejón sin salida. El capitalismo como lo conocemos se está abriendo por las costuras.  Pero como las instituciones financieras se tambalean y se derrumban, no hay una alteranativa obvia. La resistencia organizada se encuentra dispersa y se vuelve incoherente. El movimiento de justicia global es una sombra de lo que fue. Por la sencilla razón de que es imposible mantener un crecimiento perpetuo en un platena finito, es muy probable que en aproximadamente una generación, el capitalismo deje de existir. Enfrentados a esta perspectiva, la reacción instintiva habitual es el miedo. Nos aferramos al capitalismo porque no podemos imaginar una alternativa mejor.

¿Cómo ocurrió todo esto? ¿Es imposible para los humanos imaginar un mundo mejor?

La desesperanza no es natural. Necesita ser provocada. Para entender esta situación, hemos de darnos cuenta de que los últimos treinta años han sido testigo de la construcción de un vasto aparato burocrático que crea y mantiene la desesperanza. En la raíz de esta maquinaria está la obsesión de los líderes globales de asegurar que no exista la percepción de que los movimientos sociales están creciendo o floreciendo, de que nunca se perciva que aquellos que desafían los mecanismos existentes de poder, puedan estar ganando. Mantener esta ilusión requiere ejércitos, prisiones, policía y compañías privadas de seguridad para crear un clima predominante de miedo, patrioterismo, conformidad y desesperación. Todas estas armas, cámaras de vigilancia y motores de propaganda son estraordinariamente costosos y no producen nada- son pesos muertos económicos que están arrastrando al fracaso a todo el sistema capitalista.

Esta maquinaria generadora de desesperanza es la responsable de nuestra reciente caída financiera y de las interminables listas de burbujas económicas a punto de reventar. Esta maquinaria existe para hacer añicos y pulverizar la imaginación humana, para destruir nuestra capacidad de visualizar un futuro alternativo. Como resultado, lo único que falta imaginar es dinero, y espirales de deuda fuera de control. ¿Qué es la deuda? Es dinero imaginario cuyo valor sólo puede hacerse realidad en el futuro. El capital financiero es, por lo tanto, la compra y la venta de esos beneficios imaginarios del futuro. Una vez que uno asume que el capitalismo estará ahí para toda la eternidad, la única forma de democracia económica que se puede imaginar es una en la que todos somos igualmente libres para invertir en el mercado. La libertad se ha convertido en el derecho de participación en los beneficios procedentes de la propia esclavitud permanente

Teniendo en cuenta que la burbuja económica se construyó en el futuro, su colapso hace que parezca que no quede nada más.

Este efecto, sin embargo es claramente temporal. Si la historia del movimiento de justicia global nos dice algo, es que en el momento en el que parece que hay una salida, la imaginación se desborda. Esto es lo que efectivamente ocurrió a finales de los noventa cuando pareció, por un momento, que podríamos estar dirigiéndonos hacia un mundo en paz. Lo mismo ha ocurrido en los últimos 50 años en Estados Unidos siempre que parece que podría estallar la paz: surge un movimiento social radical dedicado a los principios de acción directa y la democracia participativa. A finales de los 50 fue el movimiento a favor de los derechos civiles. A finales de los 70 fue el movimiento antinuclear. Más recientemente sucedió a escala planetaria y colocó al capitalismo contra las cuerdas. Pero cuando estábamos organizando las protestas en Seattle en 1999 o en las reuniones del Fondo Monetario Internacional (FMI) en DC en el año 2000, ninguno de nosotros podía soñar con que, en sólo tres o cuatro años, el proceso de la Organización Mundial del comercio (OMC) se derrumbaría, o que las ideologías de ‘libre comercio’ pudieran ser casi en su totalidad desacreditadas, y que los nuevos pactos de comercio, como el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) serían derrotados. El Banco Mundial claudicaría y finalmente sería destruido el poder del FMI sobre la mayoría de la población mundial.

Pero está claro que hay otra razón que explica todos estos acontecimientos. Nada atemoriza tanto a los líderes, especialmente a los líderes americanos, como la democracia de base. Cada vez que un movimiento democrático genuino comienza a surgir, particularmente aquellos basados en principios de desobediencia civil y acción directa, la reacción es la misma: el gobierno realiza concesiones inmediatas (de acuerdo, podéis tener derecho a voto) y justo después se empieza a agudizar la tensión militar exterior. El movimiento surgido está forzado a convertirse, entonces, en un movimiento anti bélico, que suele estar bastante menos organizado democráticamente. El movimiento a favor de los derechos civiles fue respondido con la guerra de Vietnam; el movimiento antinuclear, por las guerras por poderes en El Salvador y Nicaragua; y el movimiento de justicia global por la guerra contra el terrorismo. Ahora podemos ver el porqué de la última ‘guerra': el esfuerzo condenado de una potencia en declive, para hacer su peculiar combinación de máquinas de guerra burocrática y capitalismo financiero especulativo, en una condición global permanente.

Ahora estamos claramente al borde de un nuevo surgimiento masivo de imaginación popular, No debería ser tan difícil. La mayoría de los elementos ya están ahí. El problema consiste en que nuestras percepciones han sido retorcidas durante décadas de propaganda implacable y ya no no somos capaces de acceder a ellas. Consideremos el término ‘comunismo’. Pocas veces un término ha llegado a ser tan injuriado. La línea estándar, que aceptamos más o menos de manera irreflexiva, es que el comunismo significa el control estatal de la economía. La historia nos ha mostrado que este sueño utópico imposible simplemente “no funciona”. Entonces, el capitalismo, aunque sea desagradable, es la única opción restante.

Si dos personas están arreglando una tubería y una le dice a otra “acércame la llave inglesa” entonces el otro no le dice “¿y yo qué consigo a cambio?”.

De hecho, lo que realmente significa el comunismo es cualquier situación que funcione acorde al siguiente principio: “de cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades”. Ésta es, de hecho, la forma en que casi todo el mundo actúa cuando se trabaja en común. Por ejemplo, si dos personas están arreglando una tubería y una le dice a otra “acércame la llave inglesa” entonces el otro no le dice “¿y yo qué consigo a cambio?”. Y esto es cierto incluso si llegas a ser empleado de Bechtel o Citigroup. Se aplican los principios del comunismo porque son los únicos que realmente funcionan. Ésta es también la razón por la que ciudades enteras o países vuelven a alguna forma de comunismo para hacer frente a desastres naturales o colapsos económicos. En estas circunstancias, los mercados y las cadenas de mando jerárquicas son lujos que no pueden permitirse. Cuanta más creatividad sea necesaria, y cuantas más personas tengan que improvisar ante una determinada tarea, más probable será que el comunismo resultante sea igualitario. Es por eso que hasta los ingenieros informáticos más conservadores que intentan desarrollar nuevas ideas de software tienden a formar pequeños grupos democráticos. Es sólo cuando el trabajo se vuelve estandarizado y aburrido (pensemos en las cadenas de producción de las fábricas) cuando se hace posible imponer el autoritarismo, incluso las formas fascistas de comunismo. Pero el hecho es que incluso las compañías privadas están internamente organizadas acorde a principios comunistas. 

El comunismo ya está aquí. La cuestión es cómo democratizarlo aún más. El capitalismo, a su vez, es sólo una posible manera de gestionar el comunismo. Y cada vez resulta más claro que es bastante desastrosa. Es evidente que debemos ir pensando en una alternativa mejor, preferiblemente una que no nos obligue a estar atacándonos los unos a los otros de manera sistemática.

El capitalismo no es sólo un mal sistema para gestionar el comunismo, sino que es un sistema que periódicamente se desmorona. 

Todo esto hace que sea mucho más fácil entender por qué los capitalistas están dispuestos a invertir recursos en la maquinaria de la desesperanza. El capitalismo no es sólo un mal sistema para gestionar el comunismo, sino que periódicamente se desmorona. Y cada vez que lo hace, aquellos que se benefician de este sistema nos tienen que convencer a todos los demás de que no existe otra alternativa que volver a arreglarlo todo para que vuelva a estar como antes.

Los que desean derribar el sistema han aprendido de la experiencia amarga, que no podemos depositar nuestra fe en los estados. En cambio, la pasada década ha acogido el desarrollo de miles de formas de asociaciones de ayuda mutua. Hay ejemplos que se extienden desde diminutas cooperativas hasta enormes experimentos anticapitalistas, de fábricas ocupadas en Paraguay y Argentina a plantaciones de té autoorganizadas o colectivos pesqueros en India, de institutos autónomos en Corea a comunidades insurgentes en Chiapas y Bolivia. Estas asociaciones de campesinos sin tierras, ocupantes ilegales urbanos, y alianzas vecinales, aparecen más o menos en todas aquellas partes donde el poder estatal y el capital global parece que miran temporalmente hacia otro lado. Estas personas probablemente carezcan de una unidad ideológica, muchos no son ni conscientes de la existencia de los demás, pero todos ellos están marcados por un deseo común de romper con la lógica del capital. “Los sistemas económicos de la solidaridad” existen en cada continente, en al menos 80 países diferentes. Estamos en el punto en el que podemos comenzar a concebir estas cooperativas que se tejen juntas a nivel global y crean una civilización insurgente genuina.

Estas alternativas visibles dinamitan la inevitabilidad de la solución de parchear el sistema para que recupere su forma previa al colapso- es por eso que se vuelve un imperativo, en aras de la gobernanza global, el suprimir estas alternativas o, al menos, garantizar que nadie sepa de ellas. Ser consciente de las alternativas nos permite ver todo aquello que ya veíamos con una nueva luz. Nos damos cuenta de que ya somos comunistas cuando trabajamos en proyectos comunes, ya somos anarquistas cuando queremos resolver problemas sin recurrir a abogados o policías, ya somos los revolucionarios cuando hacemos algo realmente nuevo.

Uno podría objetar: una revolución no puede limitarse a esto. Es cierto. En este sentido, los grandes debates estratégicos acaban de empezar. Veamos: durante al menos 5.000 años, antes de que capitalismo siquiera existiese, los movimientos populares han tendido a concentrarse en las luchas por la deuda. Existe un motivo para ello. La deuda es el medio más eficiente jamás creado para hacer que las relaciones fundamentalmente basadas en la violencia y la desigualdad, parezcan moralmente correctas. Cuando este truco deja de funcionar todo estalla, como ocurre ahora. La deuda se ha revelado a si misma como la mayor debilidad del sistema, el punto que lo hace caer en barrena. Pero la deuda también permite un sinfín de oportunidades para la organización. Algunos hablan de la huelga de los deudores o el cártel de los deudores.

Quizás sí, pero al menos podemos empezar con una promesa contra los desahucios. Barrio por barrio podemos comprometernos a apoyarnos mutuamente si somos expulsads de nuestras casas. Este poder no sólo reta a los regímenes de la deuda, sino que desafía el fundamento moral del capitalismo. Este poder crea un nuevo régimen. Después de todo, una deuda es sólo una promesa y el mundo está lleno de promesas rotas. Pensemos en la promesa hecha a nosotros por el Estado: si abandonamos cualquier derecho a gestionar colectivamente nuestros propios asuntos, se nos proporcionará la seguridad vital básica. Pensemos en la promesa hecha por el capitalismo: podemos vivir como reyes si estamos dispuestos a comprar mercancía en nuestra propia subordinación colectiva. Todo se ha venido derrumbando. Lo que permanece es lo que somos capaces de prometernos entre nosotros directamente, sin la mediación de las burocracias políticas y económicas.

La revolución comienza preguntándonos: ¿qué tipo de promesas nos hacemos entre nosotros los hombres y las mujeres libres y cómo, realizándolas, empezamos a cambiar el mundo?  

David Graeber es el autor de “Possibilities: Essays on Hierarchy, Rebellion and Desire” (Posibilidades: ensayos sobre jerarquía, rebelión y deseo” y “Direct Action: An Ethnography” (Acción directa: una etnografía).

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Economía Post-Pitagórica

Moviéndonos desde la fría dura lógica a la lógica difusa no lineal

by
David Orrell

From Adbusters #85: Thought Control in Economics


Daniel Canogar – Enredos 3, 2008

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Pitágoras nació alrededor del 570 a.C. Pasó su juventud viajando a Egipto, Siria y Babilonia donde se empapó de las enseñanzas místicas del este. Alrededor de los 40, estableció su propio culto cuasi religioso en Crotona, en el sur de Italia. Sus enseñanzas atrajeron a cientos de seguidores, algunos de ellos sufrieron severas privaciones – incluyendo un voto de silencio de cinco años – para pertenecer a su círculo más cercano, conocidos como los mathematikoi.

La filosofía de este culto estaba basada en la razón y el número. Para los pitagóricos, el número era todo. Cada número tenía un significado especial, casi mágico. La mónada, la unidad, representaba la unidad original del universo creado, y estaba asociado con la divina inteligencia. La díada, el dos, representaba la división de esta unidad en la dualidad. (Los números pares, que contuviesen el número dos, eran vistos, por tanto, como la representación de la debilidad y la mutabilidad.) El tres representaba todas las cosas con un principio, un desarrollo y un final. El cuatro representaba la consecución – como las cuatro estaciones.

El número perfecto era la década, el diez. La suma de uno, dos, tres y cuatro representaba la totalidad de fuerzas que constituyen el universo. En referencia a la década, los pitagóricos hicieron una lista de diez principios opuestos, que dividía los fenómenos en dos clases:

bueno – malo

limitado – ilimitado

impar – par

derecha – izquierda

masculino – femenino

en descanso – en movimiento

recto – curvo

luz – oscuridad

cuadrado – oblongo

Al alinearse con las cualidades de la primera columna, los pitagóricas creían que podrían lograr la pureza y acercarse a los dioses.

Las razones por las que eligieron diez pares han desconcertado a los académicos desde Aristóteles, pero algo se puede intuir. En la filosofía de Pitágoras, por ejemplo, el universo estaba formado por dos componentes: lo limitado, que significaba orden, y lo ilimitado, que representaba caos y pluralidad. Lo primero estaba asociado con la mónada y los números impares, los segundos con la díada y los números pares. El biógrafo de Pitágoras, Jámblico, escribe: “A la mano derecha él la llamaba el principio del número impar, y es divina, pero la mano izquierda es el símbolo del número para y de lo que es disoluto.” La mano derecha está controlada por el lado derecho del cerebro, que nosotros asociamos al razonamiento lineal, lógico, el tipo de razonamiento perseguido por los pitagóricos. Esta preferencia por la mano derecha ha persistido a través del lenguaje – la palabra “siniestra” viene del Latín sinestra, izquierda.

¿Qué tiene que ver todo este misticismo antiguo con la dura fría lógica de la economía neoclásica – que ve a la humanidad como un mero agregado de actores racionales y egoístas? El modelo económico ha sido durante mucho tiempo Newtoniano, relacionado con la física mecánica, que está, finalmente, basado explícitamente en el pensamiento Pitagórico. Así pues, esta lista de pares son los filamentos complementarios del ADN de la economía. Considerando que la economía neoclásica:

  • está basada en la idea de escasez y enfatiza en los recursos limitados como el petróleo a expensas de los recursos ilimitados como el viento;
  • desecha la incertidumbre y la dualidad (simbolizadas por los pitagóricos como la paridad);
  • está basada en la primacía del individuo (uno) frente a la sociedad (pluralidad);
  • valora la lógica de la mano derecha, ignorando las emociones y el pensamiento de la mano izquierda;
  • está basado en el ejemplo masculino que infravalora cosas como los niños;
  • ve la economía como un sistema estático, en reposo por la acción de la invisible mano del capitalismo;
  • usa una aproximación simplista, lineal (recta) a un modelo complejo, no lineal (curvo) de fenómenos;
  • intenta hacer brillar la luz de la razón y la observación sobre la economía, desechando la indeterminación (oscuridad) de los sistemas humanos;
  • reduce un sistema complejo y a menudo fuertemente orientado a lo social y político a la simple simetría (cuadrado) de las matemáticas.

Los economistas neoclásicos son pitagóricos. Siguen pensando que el número lo es todo. Y siguen intentando encontrar el bien y alcanzar la Utopía al alinearse con la primera columna de esta antigua lista.

Desde los 60, un número de nuevas ciencias han emergido del desafío directo del paradigma pitagórico. Lógica difusa, fractales, teoría de redes y dinámicas no lineales que tratan con sistemas indeterminados, curvas, plurales y cambiantes. Feministas y ecologistas han señalado los defectos de sistema neoclásico. Al incorporar estas voces y desarrollos como economistas, nos acercaremos a una economía que no solo es post-autista, sino también post-pitagórica.

David Orrell es un matemático y un autor cuyo trabajo han aparecido en “New Scientist”, “The Financial Times”, “BBC Radio” y “CBC TV”. Es el autor de “Apollo’s Arrow: The Science of Prediction and the Future of Everything and The Other Side of the Coin: The Emerging Vision of Economics and Our Place in the World”.

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Economía ocupada

Breve historia del primer siglo empresarial.

by
Carl Safina

From Adbusters #100: Are We Happy Yet?


CHRISTOPH GIELEN

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Esta mañana estaba arrancando una hiedra venenosa; parecía que me enfrentaba a la descorazonadora perspectiva de arrancar más de cien plantas, pero descubrí que, si hundía el dedo enguantado hasta la raíz y tiraba con cuidado, podía llegar hasta otras raíces y tallos que había en mi jardín abandonado, para luego quitar de golpe partes enteras con bastante facilidad. Sin tirar de una sola de las plantas, al arrancar la raíz salían todas las que estaban a la vista y muchas otras que no había visto con la maleza. Cuando era adolescente me moría por viajar a Estados Unidos para ver “cómo viven otros”. Ahora la verdad es que ya se puede ver cómo viven con independencia de dónde se esté, ya que la misma publicidad, las mismas cadenas y la misma televisión, radio y conglomerados de empresas de los medios impresos han en su mayor parte sustituido a los EE.UU. por los mismos centros comerciales de carretera, de costa a costa. A todo el mundo le estalla la cabeza con las mismas canciones y los jóvenes “se sienten identificados con” el mismo puñado de logos de empresas y de personajes que salen en los medios. Las “noticias”empresariales informan de cómo a personas reales que interpretan a personajes de ficción les va su reproducción y rehabilitación. Mientras limpiaba mi jardín estadounidense de plagas tóxicas, la cabeza se me fue a la imagen de las cadenas de tiendas dispuestas a lo largo de la autopista; cada centro comercial un manojo de hojas, conectados por una cable invisible de raíz. Me imaginé que iba conduciendo a través del país en una gran autopista interestatal arrancando cadenas de tiendas a mi paso, ayudando a liberar una tierra que se ahoga en una sucesión de uniformidad.

Las sociedades mercantiles modernas (corporations) eran básicamente ilegales cuando se fundaron los Estados Unidos (a los colonos ya les había llegado con las sociedades británicas). En el nuevo país, se podían formar, reunir capital público y repartir los beneficios con los accionistas sólo para actividades específicas que beneficiasen al público, como construir carreteras o canales; las licencias empresariales eran temporales y las sociedades tenían prohibido intentar influir en las elecciones, en la legislación, en las políticas públicas o en la vida civil. Imagínenselo.

Pero desde un principio, los hombres de mentalidad empresarial ansiaban el poder, llevando a Thomas Jefferson a escribir en 1816, “Espero que… acabemos ya en su nacimiento con la aristocracia de nuestras sociedades adineradas, que ya se atreven a retar al gobierno a una prueba de fuerza y desafían las leyes del país”.

Durante el siglo inmediatamente sucesivo a la Revolución Estadounidense, los legisladores mantuvieron el control del proceso de aprobación de las escrituras de constitución de las sociedades, pero básicamente lo perdieron a medida que una serie de decisiones judiciales establecieron los “derechos” y la “personalidad” de las mismas. Esas leyes han sido catastróficas para la democracia, con implicaciones planetarias.

A la globalización empresarial se le ha denominado “el rediseño más esencial de las disposiciones sociales, económicas y políticas que ha tenido lugar desde la Revolución Industrial”. Las sociedades han puesto fin a cualquier poder real económico o político de los gobiernos. De los cien países más ricos y sociedades listados conjuntamente, más de la mitad son sociedades. ExxonMobil es más rica que 180 países: y sólo hay unos 195 países. Sin las responsabilidades o los gastos de una nación, las sociedades pueden innovar y producir con una rapidez y a una escala sin precedentes, pero también pueden llevar a cabo actos de enorme destrucción medioambiental y declarar beneficios.

Su comportamiento se debe a su gran libertad de acción y a su responsabilidad limitada por el daño causado. Lo que es más, los accionistas “son titulares” y se benefician de la sociedad, pero su “responsabilidad limitada” implica que los accionistas no pueden perder más dinero del invertido; no se les responsabiliza de nada de lo que la empresa hace. Si así fuera, sabrían de qué empresas “son titulares” y por qué, y puede que exigieran responsabilidad empresarial e invirtieran con más cuidado. Pero como no lo son, no lo hacen.

Lo que es más, si una sociedad puede beneficiarse más arruinando a una comunidad, la ley dice que debe hacerlo. Puede que el caso más famoso de la legislación en materia de sociedades lo decidiera el Tribunal Supremo de Michigan en 1919, cuando los hermanos Dodge (sí, esos hermanos Dodge) demandaron a Henry Ford. Ford quería que los beneficios revirtieran en la empresa y los empleados. “Mi ambición es dar empleo todavía a más hombres”, el New York Times citó a Ford diciendo, “extender los beneficios de este sistema industrial al mayor número posible de personas, para ayudarlas a crearse una vida y una casa. Para hacerlo, estamos reinvirtiendo la mayor parte de nuestros beneficios en el negocio”. Los jueces plantearon una breve pregunta: ¿Para qué sirve una sociedad? Se respondieron a sí mismos diciendo que eran “en primera instancia para el beneficio de los accionistas”, no para el beneficio de los empleados o de la comunidad. Los gestores de las sociedades -con independencia de sus escrúpulos personales o de su deseo de “hacer el bien”- están obligados a anteponer siempre los beneficios.

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El imperativo de maximización de los beneficios crea una presión continua para tirar los residuos en la propiedad común y trasladar los costes resultantes al público a través de subsidios, limpieza de la contaminación a costa del contribuyente y actuaciones semejantes. En donde tirar los residuos es ilegal, a las sociedades se les puede multar por violaciones. Estas multas a menudo pasan a ser “el precio de hacer negocios”, cuando los accionistas saben que a las sociedad nunca se las manda a la cárcel y que algunas son “demasiado grandes (para que se les permita) caer”. Y siempre que los controles gubernamentales se vuelvan molestos, los deseos empresariales también acaban con ellos, apoyando y colocando a funcionarios escogidos por las cooperativas y luego forzando la eliminación de “barreras” reguladoras (las antes conocidas como: “protecciones públicas”).

Sin embargo, podemos imaginarnos cómo un gobierno con una mentalidad más orientada hacia el público habría lidiado con las sociedades propensas a los riesgos. En la Segunda Guerra Mundial, el gobierno estadounidense se hizo con el control de algunas empresas alemanas en los Estados Unidos. Evidentemente, no tendría sentido tener plantas químicas alemanas en suelo estadounidense mientras nos sumíamos en una guerra con Alemania. No se destruyeron las empresas, sólo las controló el gobierno durante un tiempo; algunas todavía existen. Cuando los fabricantes de automóviles se metieron en graves problemas y se declararon en bancarrota en 2009, el gobierno federal intervino para controlar la gestión durante una temporada. No es que se llevaran a cabo medidas punitivas, pero podemos hacernos una idea de las medidas con las que las sociedades que actúan como malos ciudadanos tendrán que convivir durante un tiempo, pongamos por caso, con sus activos congelados -tal vez sin comercio- mientras el gobierno del pueblo se dedica a darles una capacitación insignificante a los directivos.

En la vida real tal y como la conocemos, el imperativo de maximización de beneficios implica que una empresa que intente actuar de forma responsable incurre en una desventaja competitiva. Las implicaciones son por lo general un aluvión de catástrofes, porque básicamente todo el dinero del mundo está por tanto bajo presión para actuar de manera irresponsable. Cualquier otro impulso debe resistir a esa corriente.

El principio de fe fundamental de las sociedades, su objeto de adoración, su grial y su sustento: el crecimiento. Un crecimiento impulsado sin cesar por nuevos recursos acabados de desenterrar y mano de obra barata, un crecimiento alimentado por un número en aumento de consumidores con un peso también en aumento. El crecimiento se ha producido a lo largo de la historia como resultado del progreso tecnológico y de una población creciente, y se volvió una de las aspiraciones de las políticas gubernamentales sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial.

Pero el planeta Tierra no puede crecer. No a un ritmo superior al que acumula encanto, en cualquier caso. Si la economía “crece” mientras se agotan recursos como el agua, los bosques y los caladeros, no es crecimiento: sólo es hacer más burbujas. Sin embargo, puesto que nuestro sistema económico muestra un amor incondicional por el crecimiento, no cunde la alarma por algunas burbujas, pero cuenten con esto: cuanto más grande sea esta, peor será la explosión.

El primer siglo empresarial, el siglo XX, fue un periodo de crecimiento explosivo. A pesar de que hasta 150 millones de seres humanos murieron en enfrentamientos bélicos entre 1900 y Y2K, la población mundial se cuadruplicó. El uso de la energía aumentó en dieciséis veces. La pesca -que alcanzó su punto máximo a finales de los ochenta- aumentó en treinta veces. La enorme cantidad de cosas que se usan anualmente circulan con tal número de ceros que resulta pasmosa: 275?000?000 toneladas de carne, 370?000?000 toneladas de productos de papel, etcétera. Lo que es increíble, de todos los materiales de la Tierra que las manos de los seres humanos han transformado alguna vez, la mitad al completo de esa transformación de materiales ha tenido lugar a partir de la Segunda Guerra Mundial.

“Es imposible que la economía mundial salga de la pobreza y del deterioro medioambiental mediante el crecimiento”, escribe el economista Herman Daly, preocupado por los recursos, porque la economía es un “subsistema del ecosistema terrestre, que es finito, no va a más y tiene un abastecimiento material limitado”.

¿Y los economistas creen que la solución a los problemas que tenemos es más crecimiento? Hemos estado equivocados por completo. Sin embargo, más desarrollo: esa sí es una propuesta diferente. “Crecimiento” quiere decir aumentar de tamaño añadiendo; “desarrollo” quiere decir desarrollar potenciales, mejorar.

Dado que el mundo ya está bastante explotado, ahora el crecimiento pone en peligro el desarrollo. En un mundo que hubiera superado el crecimiento, mediríamos cosas como la comunidad y la satisfacción, sustituiríamos esta dinámica desenfrenada de la pescadilla que se muerde la cola de lo material, con la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad que se derivan del desarrollo, no del crecimiento. No los confundamos.

Cuando las condiciones oceánicas son difíciles, algunas medusas “de-crecen”. No sólo pierden grasa o adelgazan; sino que sí que pierden células y simplifican algunas de sus estructuras. Cuando las condiciones mejoran, vuelven a crecer. Dado que añaden células nuevas y les vuelven a crecer estructuras (no sólo vuelven a engordar), lo que en verdad sucede es que rejuvenecen: son más jóvenes de lo que eran. En el extremo opuesto, Edward Abbey observó hace ya mucho tiempo que el crecimiento por el crecimiento continuo es la estrategia del cáncer. Sabiendo lo que sabemos hoy en día, parece que el mundo no puede producir lo suficiente para salir de la pobreza a base de crecer, pero podríamos, sin lugar a dudas, salir de ella a base de reducir.

Carl Safina ha recibido la beca MacArthur y ha sido invitado en el programa de televisión de la PBS “Saving the Ocean” (“Salvar el océano”). Este ensayo figuró por primera vez en el libro “The View From Lazy Point

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Control mental en economía

Un alto nivel de conformismo en las instituciones académicas hacen difícil para los economistas placar los problemas mundiales más acuciantes.

by
Tom Green

From Adbusters #78: Media Democracy

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El economista ecológico Bill Rees comenzó a enseñar en la Escuela de Planificación de la Universidad Británica de Columbia (UBC) hace tres décadas. Cuando en una presentación mostró cómo la Baja Mainland de la Columbia Británica había excedido su habilidad para soportar su población y sugirió que la humanidad como un todo podría estar acercándose al tope de su capacidad global, el no esperaba la reacción que le sobrevendría.

Uno de los economistas más conocidos de la UBC y Canadá le dijo, de la forma más académica, que la historia ha demostrado que Rees estaba equivocado y que la capacidad era irrelevante.

Bill Rees
Bill Rees

“Me mencionó economistas que no habían hecho más que abolir los conceptos de límite de crecimiento y que si persistía en esa línea de investigación mi carrera académica en la UBC sería ‘desagradable, salvaje y corta,” Rees me lo cuenta sentado en una cafetería del campus. “Irónicamente, ese fue el estímulo que me llevó a seguir con el concepto de huella ecológica.”

Rees ha conseguido el status de una estrella del rock por su papel al inventar el Análisis de la Huella Ecológica – una medida de la demanda humana de los ecosistemas de la tierra y los recursos naturales. Su teoría se ha convertido en un instrumento a la hora de ayudar a la gente a replantearse el impacto en la Tierra y sus conferencias tienen tanta demanda que le hacen tener poco tiempo para su vida personal. Pero Rees no tiene intención de bajar el ritmo mientras la humanidad está en curso de colisión con la naturaleza.

“Hasta que la sociedad se dé cuenta de que la defectuosa lente neoclásica orientada al crecimiento ha sido utilizada para guiar decisiones económicas que distorsionan la realidad y que estamos abocados a un desastre natural, no soy muy optimista sobre el destino de la humanidad a largo plazo,” nos confía.

Pero tras tres décadas cuestionándose si el mundo puede continuar soportando nuestros hábitos de consumo, Rees ha tenido problemas al convencer a sus colegas economistas de que su modelo necesita una revisión general.

“A lo largo de los años, un cierto número de estudiantes pasa por el departamento de economía para matricularse en mi asignatura de economía ecológica,” dice. “Entonces dejaron de venir. No pensé mucho en ello, pero hace un par de años me topé con un estudiante que me dijo “Ya sabes, el departamento de economía no da créditos por tu asignatura. No lo consideran economía de verdad.”

Lo que Rees me cuenta encaja con lo que he aprendido a través de charlas informales con estudiantes de diferentes universidades. Cuando les explico que mi investigación implica investigar qué se enseña en los cursos introductorios de economía, hay una reacción muy común que empieza por una mueca o un gruñido.

“Tuve que cursar micro y macroeconomía en el primer año de mi carrera en Desarrollo Internacional,” explica Alexis Crabtree, un alumno de la Universidad de Calgary. “Aunque las cursase con uno de los profes más populares de la universidad, con un tío de los que siempre ganan los premios de enseñanza, las odiaría. Creo que están aparte de la vida real y parece que para lo único que la economía es buena es para argumentar contra mis perspectivas políticas. Para mí, hay otras consideraciones más allá de aumentar las existencias y las curvas de demanda, como la justicia social, pero no había ni la más mínima discusión sobre este tipo de cosas.”

Las noticias en estos días están llenas de historias que muestran cómo la economía global se vuelve cada vez más vulnerable al cambio climático causado por los humanos. El miedo al cambio climático ha dado paso a los subsidios para los biocombustibles, lo que ha resultado en escasez de cereales, precios al alza, hambre y disturbios. El precio de la gasolina sugiere que el pico del petróleo esta sobre nosotros, prometiendo muchos años de dificultades y caras transiciones para nuestras voraces y contaminantes economías. Y, aunque gente como Rees haya inventado nuevas herramientas para entender qué ocurre cuando la economía presiona los límites ecológicos, parece que en los campus universitarios sólo la corriente principal del pensamiento económico, que niega estos límites, parece tener el sello de aprobación oficial. Los grandes asuntos de nuestro tiempo – y las teorías que podrían ayudar a explicarlos – no se discuten en las clases de economía en las universidades.

Robert Nelson
Robert Nelson

He decidido comprobar con algunos de los economistas disidentes más prominentes por qué la corriente principal de la economía tiene este monopolio en nuestro pensamiento económico.
Robert Nelson tiene todas acreditaciones que se esperan de un economista de la corriente dominante y liberal, pero no es defensor a ultranza del liberalismo económico. Pero en una carrera de movimientos limitados, empezó a interesarse por los paralelismos entre creencias religiosas y económicas, lo que le llevó a escribir un par de libros sobre el tema. Desde que esos libros fueron publicados, no ha vuelto a ser bienvenido en la fiesta. Como él dice, hay una “ortodoxia sobre lo que es permisible” – da un paso más allá de esa línea y tus colegas dejarán de invitarte a seminarios y cortarán tus publicaciones en las principales revistas de tu profesión. “Desde el punto de vista de la mayoría de los economistas,” reconoce, “no me dedico a la economía.”

John Davies
John Davies

John Davies es un historiador bien considerado del pensamiento económico reciente que imparte clase en las universidades de Wisconsin y Ámsterdam. Concuerda con que a los economistas que se apartan del redil de la corriente dominante se les aparta de sus puestos en las universidades, de sus conferencias y de las principales publicaciones. Un modo en que la corriente dominante hace esto es insistiendo en que sólo la “economía formal” tiene mérito: la economía basada en abstractos modelos matemáticos. “Si tu trabajo no tiene carácter formal, estás excluido,” explica, “pero creo que los economistas más heterodoxos argumentarían que esto es realmente un modo de disciplinar perspectivas que son inaceptables o críticas con las aproximaciones comunes.”

A pesar de su interés en economía feminista, el historial de publicaciones de Julie Nelson es tan impresionante que se le considera cualificada para ocupar uno de los 30 mejores departamentos de economía de las universidades de los Estados Unidos. Pero se siente decepcionada por el estado de la corriente dominante.

Julie Nelson
Julie Nelson

“Nosotras, las economistas feministas, hemos sido ignoradas asiduamente,” dice refiriéndose a su colegas neoclásicos. “Realmente, nadie ha intentado enfrentar la crítica feminista en términos de ‘necesitamos reexaminar nuestras suposiciones.’ Vemos muy poco avance en ese sentido.”

Estos hechos son síntomas de un sistema que domina y controla el pensamiento económico. Pero nadie sabe más sobre cómo a las ideas desagradables se les priva de ser expresadas en los departamentos de economía y de mancillar las mentes de los estudiantes curiosos que Fred Lee, un profesor de la Universidad de la ciudad de Missouri-Kansas. Él ha documentado más de un centenar de casos donde a los economistas que no bebieron la soda del neoclasicismo se les hace a un lado – un problema que empezó hace más de un siglo cuando las clases trabajadoras empezaron a aprender por sí mismas la teoría marxista.

Fred Lee
Fred Lee

“Los economistas prominentes del momento temen que si los trabajadores entendiesen la teoría marxista, la clase trabajadora se daría cuenta de cuán malamente están siendo explotados,” dice. “Temiendo esto, que podría conducir a un fervor revolucionario, los economistas buscarían reformular la teoría económica para neutralizar la crítica marxista. Han limitado su teoría neoclásica al mirar a hechos inocuos como cómo se producen los cambios de precios. También buscarían probar que todo el mundo es pagado exactamente de acuerdo a su contribución a la sociedad, infiriendo que los trabajadores no están explotados y que no hay base alguna para que los trabajadores pidan un reparto más justo del pastel.”

Escuchar a Lee me hizo darme cuenta de que hay una avalada tradición en economía de evitar preguntas sobre quién consigue la riqueza, quién se beneficia y quién pierde con las diferentes políticas económicas. Pero ha habido momentos en los que fue posible explorar otras escuelas del pensamiento.

El control de la corriente dominante sobre el pensamiento económico se consolidó durante la histeria del McCartismo en los 50. En los sesenta, las universidades estadounidenses ya habían hecho limpieza de economistas disidentes. Sin embargo, últimamente, esto ha minado la credibilidad de esta disciplina. Dentro del movimiento de lucha por los derechos civiles que florecía en América, las protestas contra la guerra de Vietnam se extendían por los campus, los movimientos independentistas ganaban fuerza en África, así como los crecientes síntomas de una crisis medioambiental; la tendencia dominante en economía que era impartida en salas de conferencias parecía marchita e impertérrita a la conmoción que tenía lugar más allá de las ventanas de las aulas de las universidades. Los estudiantes tomaron cartas en el asunto y organizaron grupos de estudio sobre teorías económicas alternativas. En 1970, el propio Lee descubrió la vasta literatura escrita por los economistas heréticos.

Eventualmente, las universidades acaban siendo infectadas por economistas que criticaban la corriente dominante en economía abiertamente – esos mismos estudiantes autodidactas que han estudiado fuera del canon establecido y han conseguido licenciaturas y puestos de profesores. “Durante un corto periodo de tiempo, muchos departamentos toleraban tener un par de economistas disidentes en sus filas,” Lee recuerda, “pero con la oleada del neoliberalismo en los ochenta, aquellos que hacen las preguntas importantes son condenados, de nuevo, al ostracismo, degradados y expulsados de las universidades. En la última década, las asociaciones profesionales de la corriente dominante han convencido a los organismos que proveen fondos en Reino Unido, en toda Europa, Australia y Nueva Zelanda de que las otras escuelas de pensamiento económico no están cualificadas para recibir fondos para investigación.”

Pregunto a Lee si los economistas consiguen puestos de profesor e investigan el dinero porque, como ellos exponen, tienen la mejor teoría – en efecto, la mejor trampa – mientras que los economistas con otras perspectivas tienen teorías que no funcionan.

“La corriente principal económica no tiene la mejor trampa,” insiste Lee. “La mayor parte de la teoría neoclásica no tiene valor alguno a la hora de explicar cualquier problema económico socialmente relevante – en muchos sentidos, como la teoría creacionista, falla al ofrecer algo más que explicaciones superficiales de lo que la mayor parte de nosotros observamos en el mundo.”

Quizá Lee ha visto demasiadas cazas de brujas contra los economistas que se han perdido de la partitura de la canción neoclásica y ahora ve la oscura sombra de la supresión en cualquier lugar. Después de todo, tiene que haber explicaciones no tan siniestras al hecho de por qué sólo variaciones de la misma antigua y simplista teoría pueden ser enseñadas, y enseñadas de una forma tan carente de crítica. David Colander, quien es una rareza entre los economistas por ser aceptado tanto en los campos de la corriente dominante como en campos alternativos, sugiere que la perpetuación de la teoría dominante es simplemente el resultado de la pereza intelectual.

“Es más fácil enseñar lo que siempre has enseñado, un modelo que ha pasado de padres a hijos una y otra vez,” dice Colander. “Los economistas tienen buenos trabajos, están en el centro de la sociedad, viajan por todo el mundo, tienen prestigio, ¿por qué abrir entonces una lata de gusanos si puedes evitarlo?”

Vuelvo a Lee y le pregunto si hay otros factores, además del de intentar de defender el status quo, que puedan explicar por qué los profesores evitan las preguntas más profundas de los estudiantes. ¿Por qué no son diligentes para introducir teorías económicas competentes para que así los estudiantes puedan formar sus propias opiniones?

“El hecho de que los directores ejecutivos ganen millones mientras sus trabajadores luchen por el salario mínimo ni se examina en las aulas ni se muestra en el modelo de la corriente dominante, ya que tiene que ser completamente consistente con los propios mercados de trabajo y tiene que liderar el mejor de los mundos posibles,” dice Lee. “Esto, por supuesto, hace a los estudiantes que están implicados con estos hechos inclinarse por otras disciplinas, ya que no encuentran ningún punto en el pensamiento económico para lo que quieren saber y hacer. Así que, generalmente, sólo los estudiantes que no se hacen preguntas consiguen un doctorado y llegan a ser profesores con las mismas perspectivas que aquellos profesores que les enseñaron.”

Al principio, estas conversaciones me desanimaron. Aquí estamos, en una emergencia que concierne a todo el planeta, en un tiempo en el que necesitamos nuevos jóvenes graduados con un entendimiento real de lo que está mal en el mundo, con las habilidades para ayudar a la humanidad a elegir un nuevo rumbo. ¿Y qué aspiran producir los departamentos de economía? Individuos entrenados para no reconocer los síntomas de un colapso inminente, entrenados para ignorar la terrible desigualdad, entrenados para celebrar los desechos despilfarrados, entrenados para ser estrechos de mente y apáticos a la hora de enfrentarse a nuevas disciplinas.

Sin embargo, hay signos que sugieren que la era del control mental en economía está llegando a su fin. Complejos sistemas teóricos nos dicen que en el momento en que un sistema arraigado y estable acumula tensión, eventualmente se dirige a un cambio repentino, que reorganizará el sistema. Las tensiones que tiran de la corriente dominante están creciendo. Un determinado número de recientes premios Nobel de economía han sido premiados por investigar el que está siendo el primer atisbo de apertura del modelo de la corriente dominante. Los economistas disidentes se están organizando, están dando conferencias, ganando premios, publicando en revistas y atrayendo a una nueva ola de estudiantes. Una vez más, los cursos del pensamiento mayoritario están perdiendo credibilidad tanto por sus estudiantes como por los modelos económicos de juguete con los que juegan en una clase cada vez más separada de la alarmante vista que se vislumbra desde las ventanas de la clase. Profesores de otras facultades son desafiantes están desafiando a los economistas por entender y aplicar de forma errónea el conocimiento prestado de las psicología, de la biología y de la física. Un creciente cuerpo de investigaciones sobre la felicidad, en gran parte formado por economistas, muestra que la mayoría de las políticas promovidas por los economistas de la tendencia mayoritaria constituyen una buena receta para minimizar la felicidad en este rincón del universo. Un grupo de jóvenes rebeldes economistas, con sus mentolados doctorados en mano, no se muestran predispuestos a pasar las tres siguientes décadas de sus vidas dentro del aprobado confinamiento del recinto de la economía neoclásica.

El economista John Kenneth Galbraith una vez observó que las ideas pueden ser echadas por tierra por “la arremetida masiva de circunstancias que ellas no pueden contener.” El sistema de control del pensamiento económico no es capaz por más tiempo de retrasar el despertar de la humanidad frente al ataque de noticias que muestran que hemos sobrepasado los límites de nuestro planeta. Y conociendo los límites, seremos capaces de abandonar la errática persecución de crecimiento que demanda una explotación sin control de las gentes y el planeta. Podemos esbozar ideas hasta los márgenes para construir un mundo mejor – un mundo con menos conflictos, más risas y más huellas modestas.

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El espíritu de rebelión

Hay etapas en la vida de las sociedades en la que la Revolución pasa a ser una necesidad.

by
Pyotr Kropotkin

From Adbusters #84: Nihilism and Revolution


Eros Hoagland/Redux

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Hay etapas en la vida de las sociedades en las que la Revolución pasa a ser una necesidad imperiosa, en las que se revela como inevitable. Germinan nuevas ideas por doquier, intentando abrirse camino, encontrar una utilidad en la vida, pero se enfrentan constantemente a la fuerza de inercia de aquellos a los que les interesa mantener el antiguo régimen, se ahogan en la atmósfera sofocante de los prejuicios y de las tradiciones. Las ideas establecidas sobre la constitución de los Estados, las leyes que mantienen el equilibrio social, las interrelaciones políticas y económicas de los ciudadanos, ya no se sostienen ante la severa crítica que las mina cada día […]. Las instituciones políticas, económicas y sociales se hunden; estructura ahora inhabitable, entorpece, impide el desarrollo de los gérmenes que se generan dentro de sus agrietados muros y nacen a su alrededor.

Se empieza a sentir la necesidad de una vida nueva. El código de la moralidad establecida, la que gobierna a la mayor parte de las personas en su vida diaria, ya no parece ser suficiente. Nos percatamos de que algo semejante, que otrora parecía justo, es una flagrante injusticia: la moralidad de ayer se reconoce hoy como de una inmoralidad indignante. Estalla el conflicto entre las nuevas ideas y las antiguas tradiciones en todas las clases de la sociedad […]. La conciencia popular se subleva a diario en contra de los escándalos que se producen en el seno de las clases de los privilegiados y de los ociosos, en contra de los delitos que se cometen en nombre de la ley del más fuerte o para mantener los privilegios. Aquellos que quieren el triunfo de la justicia, aquellos que quieren poner en práctica las nuevas ideas, se ven obligados a reconocer que la puesta en práctica de sus ideas generosas, humanitarias, regeneradoras, no puede tener lugar en la sociedad, tal y como está constituida: comprenden la necesidad de un vuelco revolucionario que limpie todo ese moho, que avive con su aliento a los corazones aletargados y lleve a toda la raza humana la dedicación, la abnegación, el heroísmo, sin los cuales una sociedad se envilece, se deteriora, se descompone […].

En periodos de carrera desbocada en busca de la riqueza, de especulación febril y de crisis, de la súbita caída de grandes industrias y de la efímera expansión de otras ramas de producción, de fortunas escandalosas amasadas en unos pocos años y dilapidadas igual de rápido, se torna evidente que las instituciones económicas que controlan la producción y el intercambio están lejos de darle a la sociedad la prosperidad que se supone que tienen que garantizar. Provocan exactamente el resultado opuesto. En lugar de orden, traen el caos; en lugar de la prosperidad, la pobreza y la inseguridad; en lugar de intereses conciliados, la guerra: una guerra perpetua del explotador contra el trabajador, de los explotadores y de los trabajadores entre ellos mismos. La sociedad se está dividiendo a ojos vista cada vez más en dos campos hostiles, y al mismo tiempo subdividiéndose en miles de grupitos que se hacen la guerra sin piedad los unos a los otros. Harta de estas guerras y de las desgracias que causan, la sociedad se apresura a buscar una nueva organización. Pide a gritos una remodelación total del sistema de propiedad de bienes, de producción, de intercambio de todas las relaciones económicas que se le derivan […].

La maquinaria gubernamental, a la que se le ha confiado el mantenimiento del orden existente, todavía funciona. Pero, con cada giro de sus deteriorados engranajes, tropieza y se detiene. Su funcionamientos se vuelve cada vez más difícil y el descontento, acrecentado por sus defectos, va siempre en aumento. Cada día surgen exigencias nuevas. ”Reformen tal cosa’’ ”Reformen tal otra”, se grita por todas partes. ”La guerra, las finanzas, los impuestos, los tribunales, la policía, habrá que remodelar, reorganizar, establecerlo todo sobre una nueva base. Y sin embargo, todos entienden que es imposible rehacer, remodelar nada, porque todo está interrelacionado; habría que rehacerlo todo al mismo tiempo; ¿y cómo reformar, cuando la sociedad está dividida en dos campos abiertamente hostiles? Satisfacer a los que están descontentos sería generar más descontento.

Incapaz de llevar a cabo reformas, ya que esto sería implicarse en la Revolución; al mismo tiempo, demasiado impotente para ser reaccionario sin ambages, los gobiernos se dedican a medias medidas que a nadie pueden satisfacer y que sólo causan más descontento. Las mediocridades que se encargan en tales periodos de transición de dirigir la nave del estado sólo piensan en una cosa: enriquecerse, visto que la debacle es inminente. Atacados por todos los flancos, se defienden de mala manera, se andan con rodeos, cometen necedad tras necedad, y pronto se las apañan para cortar esa último cabo de salvación; ahogan el prestigio del gobierno en el ridículo de su propia incapacidad.

En periodos así, la Revolución se impone. Se vuelve una necesidad social; la situación es una situación revolucionaria.

Cuando estudiamos en las obras de nuestros mejores historiadores la génesis y el desarrollo de las grandes convulsiones revolucionarias, encontramos por lo general bajo el encabezamiento ”La causa de la Revolución”, un cuadro explicativo de la situación previa a los acontecimientos. La miseria del pueblo, la inseguridad general, las medidas vejatorias del gobierno, los odiosos escándalos que ponen de manifiesto los enormes vicios de la sociedad, las ideas nuevas que se debaten por abrirse camino y que chocan con la incapacidad de los que apoyan el régimen precedente, nada falta. Al contemplar ese cuadro, uno llega a la convicción de que la Revolución era en verdad inevitable, de que no había otra salida más que la vía de los hechos insurreccionales […]. Pero, entre estos apacibles razonamientos y la insurrección a la rebelión, hay todo un abismo: el abismo que, para la mayor parte de la humanidad, media entre el razonar y la acción, el pensamiento y la voluntad, la necesidad de actuar. ¿Cómo se ha salvado entonces este abismo? […]

¿Cómo esas palabras, tantas veces pronunciadas antaño y que se perdían en el aire como el repicar vano de las campanas, se convirtieron finalmente en actos?

La respuesta es sencilla. Es la acción, la acción continua, renovada sin cesar, de las minorías, lo que opera esta transformación. El valor, la dedicación, el espíritu de sacrificio, son tan contagiosos como la cobardía, la sumisión y el pánico.

¿Qué formas tomará la agitación? Pues bien, todas las formas, las más variadas, que le serán dictadas por las circunstancias, los medios, las disposiciones. En ocasiones lúgubre, en ocasiones burlona, pero siempre atrevida, en ocasiones colectiva, en ocasiones estrictamente individual, no dejará de lado ninguno de los medios que tenga a su alcance, ningún acontecimiento de la vida pública, a fin de mantener el espíritu despierto, de propagar y formular el descontento, de espolear el odio hacia los explotadores, de ridiculizar a los gobernantes, exponer sus debilidades y, especialmente y siempre, de despertar al valiente, al espíritu de rebelión, preconizando con el ejemplo.

Cuando se desata una situación revolucionaria en un país, antes de que el espíritu de la revolución esté lo suficiente despierto en las masas como para expresarse en manifestaciones tumultuosas en las calles, o en forma de disturbios e insurrecciones, es mediante la acción cómo las minorías consiguen despertar ese sentimiento de independencia y ese espíritu de osadía sin los que no se habría podido lograr ninguna revolución.

Los hombres valientes, que no se dan por satisfechos con las palabras, sino que intentan ponerlas en práctica, hombres íntegros para los que el acto es uno con la idea, para los que la cárcel, el exilio y la muerte son preferibles a una vida contraria a sus principios, hombres intrépidos que saben que es necesario atreverse para poder tener éxito- esos son los centinelas perdidos que se enzarzan en el combate, mucho antes de que las masas estén lo suficientemente acaloradas para izar abiertamente la bandera de la insurrección y manifestarse, con las armas en la mano, por la conquista de sus derechos […]. Quienquiera que tenga un conocimiento siquiera rudimentario de historia y una mente más o menos despejada sabe perfectamente por anticipado que una propaganda teórica para la Revolución se traducirá necesariamente en actos, mucho antes de que los teóricos hayan decidido que el momento de actuar ha llegado.

No obstante, los teóricos cautos se enfadan con los locos, los excomulgan, los condenan al anatema. Pero los locos ganan simpatías, la masa del pueblo aplaude en secreto su audacia y encuentran imitadores […]. Los actos de protesta ilegal, de rebelión y de venganza se multiplican.

A partir de ese momento la indiferencia es imposible […]. Mediante acciones que llaman la atención general, la nueva idea se infiltra en las mentes y se gana adeptos […], despierta el espíritu de rebelión: hace germinar el atrevimiento […]. El pueblo se percata de que el monstruo no es tan terrible como se creía; empieza a entrever que bastarán unos pocos esfuerzos enérgicos para derrocarlo. La esperanza nace en los corazones, y recordemos que si la exasperación a menudo conduce a los disturbios, es siempre la esperanza de la victoria la que hace las revoluciones.

El gobierno resiste: despiadado en su represión. Pero, si antaño la represión mataba la energía del oprimido, ahora, en periodos de efervescencia, produce el efecto contrario. Provoca nuevos actos de rebelión, individual y colectiva; lleva a los rebeldes al heroísmo, y en rápida sucesión esos actos se ganan nuevas capas, se generalizan, se desarrollan. Al bando revolucionario lo fortalecen elementos que hasta el momento le eran hostiles, o que se pudrían en la indiferencia. La disgregación se extiende al gobierno, a las clases dominantes, a los privilegiados: unos defienden la resistencia a ultranza; otros están a favor de hacer concesiones; y los hay que, además, llegan al punto de declarar que están dispuestos a renunciar por el momento a sus privilegios, a fin de apaciguar el espíritu de rebelión, libres de volverlo a dominar más adelante. La cohesión del gobierno y de los privilegiados se ha roto.

La clase dominante puede volver a intentar recurrir a una reacción feroz. Pero ya no es el momento; la lucha no hace sino agudizarse, y la Revolución que se avecina sólo será más sangrienta. Por otro lado, la mínima concesión de las clases dirigentes, dado que llega demasiado tarde, dado que se han hecho con ella en la lucha, sólo sirve para espolear el espíritu revolucionario todavía más. El pueblo que antes se habría dado por satisfecho con esta concesión, se percata de que el enemigo flaquea: anticipa la victoria, siente aumentar su valentía, y los mismos hombres que antaño, abrumados por la miseria, se daban por satisfechos con suspirar a escondidas, levantan ahora la cabeza y se manifiestan orgullosos para conquistar un futuro mejor.

Al fin, la Revolución estalla, tanto más violenta cuanto que encarnizadas fueron las luchas que la precedieron.

Traducción propia de la versión original francesa ”L’Esprit de Révolte’’ Pyotr Kropotkin, 1880, y de su versión inglesa.

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La lucha contra el capitalismo

En Primavera debemos redescubrir formas de cuidado insurrecionarias.

by
Nicole Demby

From Adbusters #100: Are We Happy Yet?


DAVID DEGNER

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Mientras #OWS engloba una multiplicidad de tácticas, opiniones y grados de radicalismo político, es claro y evidente que el alma de Occupy es anticapitalista, y el deseo de un sistema diferente es un deseo de un movimiento de protesta cuyo alcance en nuestras vidas es más holístico. Ya se han hecho trabajos estimulantes para organizarse en diferentes comunidades y uno puede imaginarse la emergencia de una red dispersa, no sólo de asambleas generales pero también de comunas y cooperativas.

Cargamos con el viejo pesimismo teórico, diciéndonos que cualquier forma desarrollada y continuada de organización comunitaria sólo puede existir como un bolsillo autónomo que no supone ninguna amenaza al capitalismo. Pero apoyar formas autónomas y comunitarias de cuidado no es desmarcarse de las formas de acción directas y activas. Los aspectos positivos y negativos de la lucha contra el capitalismo deben trabajar conjuntamente los unos con los otros para reforzarse mutuamente. Las comunas, cooperativas y otras estructuras de apoyo social proporcionan una red de seguridad material que facilita la acción radical, permitiendo a las personas desprenderse del trabajo y de las deudas contraídas con la seguridad de que sus necesidades materiales van a estar cubiertas cuando así lo hagan.

Además, tales formas de organización pueden dar comienzo al proceso increíblemente difícil de crear confianza entre personas con pasados y experiencias radicalmente distintos, procurando apoyo para quienes lo necesitan, especialmente aquellos que han sufrido el colapso económico. Estas formas de organización enervarán al status-quo sustrayendo el tiempo y la energía de los participantes de sus roles como trabajadores asalariados y consumidores. Claro que #OWS ya ha empezado a hacer esto; muchos de nosotros que no disfrutamos del lujo de tener empleos altamente flexibles (es decir precarios) o quienes no se han dedicado todavía a la ocupación a tiempo completo (y ahora duermen en iglesias, sinagogas y viviendas privadas ofrecidas generosamente- y organizándose durante el día) ya dedicamos nuestras horas en la oficina leyendo clandestinamente los emails de los grupos de trabajo o artículos relacionados con occupy. Nuestro objetivo es conseguir un modo de vida menos esquizofrénico en el cual el efecto totalizador de Occupy en nuestros pensamientos se refleje en el grado en el que predomine en nuestras acciones, un modo de vida en el que nuestra política esté en concordancia con la manera en la que nos sustentamos. Para aquellos que están en contra del capitalismo esto significará evaluar nuestra audacia y examinar nuestra propia percepción del futuro. Tal y como observó Daniel Marcus: “No puede haber movimiento de comunas si la protesta es meramente una actividad extracurricular de los asalariados: los trabajadores tendrán que elegir si están con las comunas o con los jefes o administradores.”

La necesidad de nuevas estructuras de cuidado es tanto emocional como material. Muchos de nosotros estamos empezando a darnos cuenta de la amplitud de nuestra propia insatisfacción. Pasamos tiempo con amigos y amantes pero estos encuentros son contrapuntos transitorios a la anomia inducida por una cultura del individualismo. Trabajamos hacia el éxito, pero lo que constituye el éxito parece cada vez más vacío. Quizás sea anticuado hablar de “alienación”, quizás sea naïf afirmar qué formas de trabajo o qué actividades puedan comenzar a vencerla; quizás sea utópico creer en que podríamos crear una sociedad en la que una vida mejor sea posible. Ya vemos la posibilidad de estas cosas en el futuro cercano de este movimiento y ya estamos empezando a construir la infraestructura necesaria.

El afecto no sólo es un efecto, sino una herramienta decisiva de la revolución. Así como la catársis de la resistencia que experimentamos en otoño reforzó el espíritu de comunidad y nos alentó a ir más lejos, habrá plasmaciones holísticas de Occupy, más comunitarias, auto-suficientes que afianzarán y reforzarán aún más al movimiento. Somos más fuertes cuando nuestra resistencia se inspira en nuestra indignación pero cuando también aprovecha nuestras fuerzas vitales, extendiéndose a la base material y psicológica de nuestras vidas.

En primavera debemos redescubrir que hay tipos militantes de comunidad y formas de cuidado insurrecionarias.

Nicole Demby es escritora y crítica y vive en Brooklyn. Es miembro del Arts & Labor group (Grupo de Trabajo de Arte y Trabajo de Occupy Wall Street).

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Terapia Política

El arte de la desvinculación masiva.

by
Franco Berardi Bifo

From Adbusters #100: Are We Happy Yet?


Nick Whalen

¿Qué ocurre si la sociedad ya no puede resistir los efectos destructivos del capitalismo exacerbado? ¿Y si la sociedad no es capaz de resistir el poder devastador de la acumulación financiera?

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Tenemos que disociar la autonomía de la resistencia. Y si queremos hacer esto, tenemos que disociar deseo y energía. El enfoque predominante del capitalismo moderno ha sido la energía: la habilidad de producir, de competir, de dominar. Algo que podríamos denominar energolatría, el culto a la energía, ha dominado el sentido cultural del Oeste, desde Fausto a los Futuristas. La creciente disponibilidad de la energía ha sido su dogma. Ahora sabemos que la energía no es ilimitada. En la psique social del Oeste la energía se está desvaneciendo. Creo que deberíamos cuestionar el concepto y la práctica de la autonomía desde este punto de vista. El cuerpo social es incapaz de reafirmar sus derechos contra la autoridad salvaje del capital porque la búsqueda de los derechos nunca puede estar disociada del ejercicio del poder.

En los años 1960 y 1970 cuando los trabajadores eran fuertes, no se limitaban a pedir sus derechos y manifestar su voluntad de forma pacífica. Actuaban en solidaridad, negándose a trabajar, redistribuyendo las riquezas, compartiendo cosas, servicios y espacios. Por su parte, los capitalistas no se molestan en pedir o manifestarse, ni en declarar su deseo: lo imponen. Hacen que las cosas ocurran; invierten, desinvierten, desplazan; destrozan y construyen. Sólo la fuerza hace posible la autonomía en la relación entre el capital y la sociedad. Pero ¿qué es la fuerza? ¿Qué es la fuerza hoy en día?

La identificación del deseo con la energía ha provocado que se identifique la fuerza con la violencia que resultó tan maligna para el movimiento italiano en las décadas de los 70 y 80. Tenemos que distinguir entre energía y deseo. La energía está decayendo, pero el deseo tiene que ser conservado. De manera similar, debemos distinguir entre fuerza y violencia. Luchar contra el poder con violencia es suicida o inútil hoy en día. ¿Cómo podemos pensar que los activistas puedan enfrentarse a organizaciones profesionales de asesinos como Blackwater, Haliburton, los servicios secretos y las mafias?

Sólo el suicidio ha mostrado su eficiencia en la lucha contra el poder. Y es más, el suicidio ha sido decisivo en la historia contemporánea. El lado oscuro de la multitud se encuentra aquí con la soledad de la muerte. La cultura activista debería evitar el peligro de convertirse en una cultura del resentimiento. Reconocer la irreversibilidad de las tendencias catastróficas que el capitalismo ha inscrito en la historia de la sociedad no significa renunciar a ella. Al contrario, en la actualidad tenemos una nueva misión cultural: vivir lo inevitable con el alma relajada, asumir una gran tendencia a la retirada, la desvinculación, la deserción de la escena de la economía, la no-participación en el falso espectáculo de la política. El enfoque crucial de la transformación social es la singularidad creativa. La existencia de singularidades no debe concebirse como una forma de salvación personal, puesto que pueden  convertirse en una fuerza contagiosa.

Cuando pensamos en la catástrofe ecológica, en las amenazas geoestratégicas, en el colapso económico provocado por la política financiera del neoliberalismo, es difícil disipar la sensación de que las tendencias irreversibles ya están en marcha en la maquinaria mundial. La voluntad política parece paralizada frente al poder económico de la clase criminal.

La edad de la civilización social moderna parece encontrarse al borde de la desintegración y es difícil imaginar cómo podrá reaccionar la sociedad. La civilización moderna estaba basada en la convergencia e integración de la explotación capitalista del trabajo y de la regulación política del conflicto social. El estado regulador, heredero de la Ilustración y del socialismo ha sido el guardián de los derechos humanos y el agente negociador del equilibrio social. Cuando, al final de una feroz lucha de clases entre el trabajo y el capital -y dentro de la misma clase capitalista – la clase financiera se ha hecho con el poder mediante la destrucción de la regulación legal y está transformando la composición social, el edificio entero de la civilización moderna ha comenzado a derrumbarse.

Anticipo que en los próximos años habrá revueltas aisladas, pero no debemos esperar mucho de ellas. Serán incapaces de tocar los verdaderos centros de poder debido a la militarización del espacio metropolitano y no serán capaces de ganar mucho en términos de riqueza material o de poder político. Así como la gran ola de protestas morales antiglobalización no pudo destruir el poder neoliberal, las insurreciones no encontrarán una solución a no ser que afloren y se extiendan una nueva conciencia y una nueva sensibilidad, cambiando la vida diaria y creando Zonas Autónomas A-temporales ancladas en la cultura y en la conciencia de la red global.

La proliferación de singularidades (la búsqueda del retiro y la construcción de Zonas Autónomas A-temporales) será un proceso pacífico, pero la mayoría conformista reaccionará de manera violenta y esto ya está ocurriendo. La mayoría conformista está asustada por la fuga de la energía inteligente y simultáneamente está atacando la expresión de la actividad inteligente. La situación puede ser descrita como una lucha entre la ignorancia masiva producida por el totalitarismo de los medios y la inteligencia compartida del intelecto general.

No podemos predecir cuál será el resultado de este proceso. Nuestra tarea consiste en extender y proteger el campo de la autonomía y evitar lo más posible cualquier contacto violento en el terreno de la ignorancia agresiva de las masas. La estrategia de la retirada sin confrontación no siempre será exitosa. A veces la confrontación se hará inevitable por el racismo y el fascismo. Es imposible predecir qué debería hacerse en caso de un conflicto no deseado. Una respuesta no violenta es claramente la mejor elección, pero no siempre será posible. La identificación del bienestar con la propiedad privada está tan profundamente arraigada que la barbarización del medio ambiente no puede ser completamente excluida. Pero el cometido del intelecto general es exactamente este: huir de la paranoia, crear zonas de resistencia humana, experimentar con formas autónomas de producción empleando métodos de alta tecnología y baja energía mientras se evita la confrontación con la clase criminal y la población conformista.

La política y la terapia serán una misma actividad en los años venideros. Las personas se sentirán desesperadas y deprimidas y sufrirán pánico porque son incapaces de lidiar con la economía post-crecimiento y porque se sentirán perdidos sin su diluida identidad moderna. Nuestra misión cultural consistirá en atender a esas personas y sanarlas de su demencia enseñándoles el camino a una adaptación feliz. Nuestro trabajo deberá consistir en la creación de zonas sociales de resistencia humana que actúen como zonas de contagio terapéutico. El desarrollo de la autonomía no es totalizador ni pretende destruir o abolir el pasado. Como la terapia psicoanalítica debería ser considerado un proceso sin fin.

Franco Bifo Berardi es filósofo italiano revolucionario y activista. Este ensayo apareció originalmente en su libro recientemente traducido, After the Future.

Translated by the Translator Brigadestranslatorbrigades@gmail.com

The Fight Against Capitalism

In the spring we must rediscover insurrectionary forms of care.

by
Nicole Demby

From Adbusters #100: Are We Happy Yet?

In the spring we must rediscover insurrectionary forms of care

DAVID DEGNER

While #OWS still encompasses within it a multiplicity of tactics, opinions, and degrees of political radicalism, the evidence is all too clear that the soul of Occupy is anticapitalist, and the desire for a different system is a desire for a protest movement whose grasp on our lives is more holistic. There has already been inspiring work done to organize in different communities, and one can envision the emergence of a dispersed network not only of general assemblies but of communes and cooperatives as well.

The old pessimism of theory beats at our backs, telling us that any developed and sustained form of communal organization can only exist as an autonomous pocket whose threat to capitalism is nil. Yet sustaining autonomous, communal forms of care is not a shift away from direct, active forms of resistance. The positive and the negative aspects of the fight against capitalism must work in conjunction with one another to mutually reinforce each other. Communes, cooperatives and other structures of social support provide a material safety net that facilitates more radical action, enabling people to strike from work and from debt obligations with the assurance that their material needs will be met when they do. Moreover, such forms of organization can begin the incredibly difficult process of building trust between those with radically different backgrounds and experiences, providing support for whoever needs it, especially those who have borne the brunt of the economic collapse.

These forms of organization will enervate the status quo by drawing participants’ time and energy away from their roles as wage laborers, salaried workers, and consumers. Of course, #OWS has already begun to do this; many of us without the luxury of highly flexible (read precarious) employment, or who haven’t already committed ourselves as full-time occupiers (and are now sleeping in churches, synagogues and generously offered private homes – and organizing during the day) already spend our office hours surreptitiously reading working group emails or occupy-related articles. Yet we aim to achieve a less schizophrenic mode of existence in which the totalizing effect of Occupy on our thoughts is reflected in the degree to which it predominates our actions, one in which our politics accords with the way in which we support ourselves. For those against capitalism this will mean testing our own boldness and examining our own perceived futures. As Daniel Marcus observed: “There can be no movement of communes if protest is merely an extracurricular activity of wage-earners: workers will have to choose whether they stand with the communes or with the bosses and administrators.”

The need for new structures of care is emotional as well as material. Many of us are beginning to realize the extent of our own dissatisfaction. We spend time with friends and lovers, but these encounters are transitory counterpoints to the anomie induced by a culture of individualism. We work towards success, but what constitutes success seems increasingly empty. Perhaps it’s unfashionable to speak of “alienation,” naïve to make claims about what forms of work or activities might begin to overcome it, utopian to believe that we could create a society in which a better life is possible. And yet we already see the possibility of these things in the near future of this movement and are already beginning to build the necessary infrastructure.

Affect isn’t just an effect, but a decisive tool of revolution. Just as the catharsis of resistance we experienced in the fall bolstered community and emboldened us to go further, more communal, self-sustaining and holistic instantiations of Occupy will further entrench and strengthen the movement. We are strongest when our resistance draws on our outrage but also harnesses our vital forces, extending to the very material and psychological basis of our lives.

In the spring we must rediscover together that there are militant kinds of community and insurrectionary forms of care.

Nicole Demby is a writer and critic living in Brooklyn. She is a member of the Arts & Labor group of Occupy Wall Street.

Concebir Lo Inconcebible

¿Cuándo pasa el crecimiento económico a ser crecimiento poco económico?

by
Tim Jackson

From Adbusters #84: Nihilism and Revolution


Dan Golden Inc. – Crazy New Shit

This article is available in:

Todas las sociedades se aferran a un mito en base al cual viven. El nuestro es el mito del crecimiento económico. Durante las últimas cinco décadas, la búsqueda del crecimiento ha sido el objetivo común más importante en las políticas de todo el mundo. La economía global tiene un tamaño casi cinco veces el de hace un siglo y, si continúa creciendo al mismo ritmo, tendrá 80 veces ese tamaño para el año 2100.

Este incremento extraordinario de la actividad económica global no tiene precedentes históricos: está reñido de forma flagrante con el conocimiento científico que tenemos acerca de la base de recursos finitos y la frágil ecología de la que dependemos para sobrevivir, y ya le ha acompañado el deterioro de un 60% de los ecosistemas de la Tierra.

En su mayor parte, evitamos la cruda realidad de estos números. Lo que se da por supuesto es que (dejando de lado las crisis financieras) el crecimiento continuará de manera indefinida; no sólo en los países más pobres, en los que es innegable que se necesita una mejora en la calidad de vida, sino también incluso en los naciones más ricas, en las que la cornucopia de la riqueza material influye poco en la felicidad y está comenzado a amenazar las bases de nuestro bienestar.

Las razones de esta ceguera colectiva se encuentran con facilidad. La economía moderna depende de forma estructural en el crecimiento económico para ser estable, por lo que cuando el crecimiento se vuelve inestable (como lo ha hecho en los últimos tiempos) a los políticos les entra el pánico. Las empresas intentan salir adelante, la población perdió su trabajo y, a veces, su casa, y se avecina una espiral de recesión. Se estima que cuestionarse el crecimiento es cosa de lunáticos, de idealistas y de revolucionarios.

Mas hemos de hacerlo. El mito del crecimiento nos ha fallado, le ha fallado a las dos mil millones de personas que viven con menos de dos dólares al día, le ha fallado a los frágiles ecosistemas de los que dependemos para sobrevivir. Ha fallado estrepitosamente, en sus propias palabras, a la hora de proporcionar estabilidad económica y asegurarse de que la población se pudiese ganar la vida.

Hoy por hoy nos encontramos haciéndole frente al final inminente de la era del petróleo barato; a la perspectiva (más allá de la burbuja que tuvo lugar hace poco) del incremento continuo de los precios de las materias primas; al deterioro de los bosques, lagos y suelos; a los conflictos sobre el uso de la tierra, la calidad del agua y los derechos de pesca; y al desafío trascendental de estabilizar las concentraciones de carbono en la atmósfera global. Y hacemos frente a estos cometidos con una economía que está en esencia destrozada, que necesita ser renovada con urgencia.

En estas circunstancias, no es una opción volver a hacer las cosas como hasta ahora. La prosperidad de unos pocos basada en la destrucción ecológica y la injusticia social reiterada no son las bases de una sociedad civilizada. La recuperación económica es vital, proteger los empleos de la población (y crear nuevos) es del todo esencial, pero también necesitamos de forma apremiante una nueva percepción de la prosperidad compartida, de un compromiso con la justicia y con la prosperidad en un mundo finito.

Llevar a la práctica objetivos como estos puede parecer un cometido extraño e incluso incongruente para la política en la modernidad, puesto que el papel de los gobiernos se ha enmarcado de forma muy estrecha en objetivos materiales y se ha vuelto vano en pos de una visión errónea de las libertades ilimitadas del consumidor. El mismo concepto de gobernanza también necesita renovarse con urgencia.Pero la crisis económica en curso nos brinda una oportunidad única de invertir en el cambio, de erradicar la mentalidad cortoplacista que ha afligido a la sociedad durante décadas, de reemplazarla por políticas capaces de abordar el enorme desafío que supone ofrecer una prosperidad duradera.

Ya que, a fin de cuentas, la prosperidad va más allá de los placeres materiales. Trasciende las preocupaciones materiales. Radica en la calidad de la vida y en la salud y la felicidad de las familias. Está presente en la fortaleza de las relaciones y en la confianza en la comunidad. Se pone de manifiesto por la satisfacción en el trabajo y la sensación de propósito compartido. Depende del potencial que tengamos para participar de forma plena en la vida en sociedad.

La prosperidad consiste en la capacidad de avanzar como seres humanos … dentro de los límites ecológicos de un planeta finito. El desafío de la sociedad es crear las condiciones en virtud de las cuales esto sea posible. Se trata del cometido más apremiante de nuestros tiempos.

Tim Jackson, de (traducción literal del título en inglés) “Prosperidad sin crecimiento”, sd-commission.org.uk.

Translated by the Translator Brigadestranslatorbrigades@gmail.com

1% Art

Who are the patrons of contemporary art today?

by
Andrea Fraser

From Adbusters #100: Are We Happy Yet?

Who are the patrons of contemporary art today? The ARTnews 200 Top Collectors list is an obvious place to start. Near the top of the alphabetical list is Roman Abramovich, estimated by Forbes to be worth $13.4 billion.

He has admitted to paying billions in bribes for control of Russian oil and aluminum assets. Bernard Arnault, listed by Forbes as the fourth richest man in the world with $41 billion, controls the luxury goods conglomerate LVMH, which, despite the debt crisis, reported a sales growth of 13 percent in the first half of 2011. Hedge fund manager John Arnold, who got his start at Enron–where he received an $8 million bonus just before it collapsed–recently gave $150,000 to an organization seeking to limit public pensions. MoMA, MoCA and LACMA trustee Eli Broad is worth $5.8 billion and was a board member and major shareholder of the now notorious AIG. Steven A. Cohen, estimated to be worth $8 billion, is the founder of SAC Capital Advisors, which is under investigation for insider trading. Guggenheim trustee Dimitris Daskalopoulos, who is also chairman of the Hellenic Federation of Enterprises, recently called for a “modern private initiative” to save the failing Greek economy from a “bloated and parasitic” “patronage-ridden state.” Another Guggenheim trustee, David Ganek, recently shut down his $4 billion Level Global hedge fund after an FBI raid.

Soccer Ball, $399.95

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Soccer Ball, 2003
TAKASHI MURAKAMI

Noam Gottesman and former partner Pierre Lagrange (also on the ARTnews list) earned £400 million each on the sale of their hedge fund GLG in 2007, making them “among the world’s biggest winners from the credit crunch,” according to the Sunday Times. Hedge fund manager Kenneth C. Griffin supported Obama in 2008 but recently gave $500,000 to a political action committee created by former Bush adviser Karl Rove and was also seen at a meeting of the right-wing-populist Koch Network. Andrew Hill’s $100 million in compensation in 2009 led Citigroup to sell its Philbro division, where he was the top trader, after pressures from regulators to curtail his pay on the heels of Citigroup’s receipt of $45 billion in US federal bailout funds (he subsequently moved the company offshore). Damien Hirst, estimated by the Sunday Times to be worth £215 million, is one of a handful of artists who have now made rich-lists alongside their patrons. Peter Kraus collected $25 million for just three months’ work when his exit package was triggered by Merrill Lynch’s sale to Bank of America with the help of US federal funds. Henry Kravis’s income in 2007 was reported to be $1.3 million a day. His wife, economist Marie-Josée Kravis, who is MoMA’s president and a fellow at the neoconservative Hudson Institute, recently defended “Anglo-Saxon capitalism” against “Europe’s ‘social capitalist politics’” in Forbes.com. Daniel S. Loeb, a MoCA trustee and founder of the $7.8 billion hedge fund Third Point, sent a letter to investors attacking Obama for “insisting that the only solution to the nation’s problems … lies in the redistribution of wealth.” Dimitri Mavrommatis, the “Swiss-based” Greek asset manager, paid £18 million for a Picasso at Christie’s on June 21, 2011, while Greeks were rioting against austerity measures. And of course, there is Charles Saatchi, who helped elect Margaret Thatcher. The firm of MoMA chairman Jerry Speyer defaulted on a major real estate investment in 2010, losing $500 million for the California State Pension Fund and up to $2 billion in debt secured by US federal agencies. Reinhold Würth, worth $5.7 billion, has been fined for tax evasion in Germany and compared taxation to torture. He recently acquired Virgin of Mercy by Hans Holbein the Younger, paying the highest price ever for an artwork in Germany and outbidding the Städelsche Kunstinstitut in Frankfurt/Main, where the painting had been on display since 2003.

Untitled, $912,000

$912,000

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Untitled, 1990
ROBERT GOBER

In the midst of an economic crisis, the art world is experiencing an ongoing market boom which has been widely linked to the rise of High Net Worth Individuals (HNWI) and Ultra-HNWIs (people worth over $1 million or $30 million respectively), particularly from the financial industry. A recent report by Art+Auction even celebrated indicators that these groups were rebounding from their 2008 dip to precrisis wealth. Until recently, however, there has been very little discussion of the obvious link between the art world’s global expansion and rising income disparity. A quick look the Gini index, a measure of income inequality, shows that the countries with the most significant art booms of the past two decades have also experienced the steepest rise in inequality: the United States, Britain, China and India. Further, recent economic research has established a direct connection between skyrocketing art prices and income inequality, showing that “a one percentage point increase in the share of total income earned by the top 0.1% triggers an increase in art prices of about 14 percent.” It is now painfully obvious that what has been extraordinarily good for the art world over the past decades has been disastrous for the rest of the world.

In the United States it is difficult to imagine any arts organization or practice that can escape the economic structures and policies that have produced this inequality. The private nonprofit model–which almost all US museums as well as alternative art organizations exist within–is dependent on wealthy donors and has its origins in the same ideology that led to the current global economic crisis: that private initiatives are better suited to fulfill social needs than the public sector and that wealth is best administered by the wealthy. Even outside of institutions, artists engaged in community-based and social practices that aim to provide public benefit in a time of austerity simply may be enacting what George H. W. Bush called for when he envisioned volunteers and community organizations spreading like “a thousand points of lights’ in the wake of his rollback in public spending.

Progressive artists, critics and curators face an existential crisis: how can we continue to justify our involvement in this art economy? At minimum, if our only choice is to participate or to abandon the art field entirely, we can stop rationalizing that participation in the name of critical or political art practices or–adding insult to injury–social justice. Any claim that we represent a progressive social force while our activities are directly subsidized by, and benefit from, the engines of inequality can only contribute to the justification of that inequality. The only true “alternative” today is to recognize our participation in this economy and confront it in an open, direct and immediate way in all of our institutions, including museums and galleries and publications. Despite the radical political rhetoric that abounds in the art world, censorship and self-censorship reign when it comes to confronting our economic conditions, except in marginalized (often self-marginalized) arenas where there is nothing to lose–and little to gain–in speaking truth to power.

Larmes tears, $1,300,000

$1,300,000

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The most expensive photograph in the world
Larmes tears, 1932
MAN RAY

Indeed the duplicity of progressive claims in art may contribute to the suspicion that progressive politics is just a ruse of educated elites to preserve their privilege. In our case, this may be true. Increasingly it seems that politics in the art world is largely a politics of envy and guilt, or of self-interest generalized in the name of a narrowly conceived and privileged form of autonomy, and that artistic “critique” most often serves not to reveal but to distance these economic conditions and our investment in them. As such, it is a politics that functions to defend against contradictions that might otherwise make our continued participation in the art field, and access to its considerable rewards–which have ensconced many of us comfortably among the 10 percent, if not the 1 percent or even the 0.1 percent–unbearable.

A broad-based shift in art discourse may help precipitate a long overdue splitting off of the market-dominated subfield of galleries, auction houses, and art fairs. If a turn away from the art market means that public museums contract and ultra-wealthy collectors create their own privately controlled institutions, so be it. Let these private institutions be the treasure vaults, theme-park spectacles and economic freak shows that many already are. Let the market-dominated art world become the luxury goods business it already basically is, with what circulates there having as little to do with true art as yachts, jets, and watches. It is time we began evaluating whether artworks fulfill, or fail to fulfill, political or critical claims at the level of their social and economic conditions. We must insist that what art works are economically determines what they mean socially and also artistically.

If we, as curators, critics, art historians and artists, withdraw our cultural capital from these markets, we have the potential to create a new art field where radical forms of autonomy can develop: not as secessionist “alternatives’ that exist only in the grandiose enactments and magical thinking of artists and theorists, but as fully institutionalized structures, which, with the “properly social magic of institutions,’ will be able to produce, reproduce and reward noncommercial values.

Andrea Fraser is an artist and professor in the art department at the University of California–Los Angeles. This is a revised version of an essay originally published in Texte zur Kunst, Issue no. 83, September 2011.

Post-Crash Fascism

Planning for the apocalypse.

by
Christian Parenti

From Adbusters #100: Are We Happy Yet?

STEVEN MEISEL / VOGUE ITALIA

Climate change is happening faster than initially predicted, and its impacts are already upon us in the form of more extreme weather events, desertification, ocean acidification, melting glaciers and incrementally rising sea levels.

The scientists who construct the computer models that analyze climate data believe that even if we stop dumping greenhouse gases into the atmosphere, CO2 levels are already so high that we are locked into a significant increase in global temperatures. Disruptive climate change is a certainty even if we make the economic shift away from fossil fuels.

Incipient climate change is already starting to express itself in the realm of politics.

Climate change arrives in a world primed for crisis. The current and impending dislocations of climate change intersect with the already-existing crises of poverty and violence. I call this collision of political, economic and environmental disasters the catastrophic convergence. By catastrophic convergence, I do not merely mean that several disasters happen simultaneously, one atop another. Rather, I argue that problems compound and amplify each other, one expressing itself through another.

Societies, like people, deal with new challenges in ways that are conditioned by the traumas of their past. Thus, damaged societies, like damaged people, often respond to new crises in ways that are irrational, shortsighted, and self-destructive. In the case of climate change, the prior traumas that set the stage for bad adaptation, the destructive social response, are Cold War–era militarism and the economic pathologies of neoliberal capitalism. Over the last 40 years, both of these forces have distorted the state’s relationship to society – removing and undermining the state’s collectivist, regulatory and redistributive functions, while overdeveloping its repressive and military capacities. This, I argue, inhibits society’s ability to avoid violent dislocations as climate change kicks in.

Planning for apocalypse

A slew of government reports have discussed the social and military problems posed by climate change. In 2008. Congress mandated that the upcoming 2010 Quadrennial Defense Review – the policy document laying out the guiding principles of US military strategy and doctrine – consider the national-security impacts of climate change. The first of these investigations to make news, a 2004 Pentagon-commissioned study called “An Abrupt Climate Change Scenario and Its Implications for United States National Security,” was authored by Peter Schwartz, a CIA consultant and former head of planning at Royal Dutch/Shell, and Doug Randall of the California-based Global Business Network.The report was made at the behest of octogenarian military theorist cum imperial soothsayer Andrew Marshall. Known to his followers as Yoda, after the wrinkled, dwarflike puppet of Star Wars fame, Marshall got his start at the RAND Corporation in 1949 as a specialist on nuclear Armageddon and its alleged survivability. He moved from RAND to the Pentagon during Richard Nixon’s presidency and served every president since. (It is interesting to note the presence of atomic-era Cold Warrior physicists among both the climate-change denialists and the military adaptationists. In his book How to Cool the Planet, Jeff Goodell remarks on the same set’s infatuation with the high-tech solutions promised by geoengineering, in particular Lawrence Livermore Laboratory’s Lowell Wood, a tie-dye wearing disciple of Edward Teller.)

Schwartz and Randall’s report correctly treats global warming as a potentially nonlinear process. And they forecast a new Dark Ages:

Nations without the resources to do so may build virtual fortresses around their countries, preserving resources for themselves … As famine, disease, and weather-related disasters strike due to the abrupt climate change, many countries’ needs will exceed their carrying capacity. This will create a sense of desperation, which is likely to lead to offensive aggression in order to reclaim balance … Europe will be struggling internally, large numbers of refugees washing up on its shores and Asia in serious crisis over food and water. Disruption and conflict will be endemic features of life. Once again, warfare would define human life.

In 2007, there came more reports on climate and security. One, from the Pentagon-connected think tank CNA Corporation, convened an advisory board of high-ranking former military officers to examine the issues – among them General Gordon Sullivan, former chief of staff, US Army; Admiral Donald Pilling, former vice chief of naval operations; Admiral Joseph Prueher, former commander in chief of the US Pacific Command; and General Anthony Zinni, retired US Marine Corps and former commander in chief of US Central Command. That report envisioned permanent counterinsurgency on a global scale. Here is one salient excerpt:

Climate change acts as a threat multiplier for instability … Unlike most conventional security threats that involve a single entity acting in specific ways at different points in time, climate change has the potential to result in multiple chronic conditions, occurring globally within the same time frame. Economic and environmental conditions in these already fragile areas will further erode as food production declines, diseases increase, clean water becomes increasingly scarce, and populations migrate in search of resources. Weakened and failing governments, with an already thin margin for survival, foster the conditions for internal conflict, extremism, and movement toward increased authoritarianism and radical ideologies. The US may be drawn more frequently into these situations to help to provide relief, rescue, and logistics, or to stabilize conditions before conflicts arise.

Another section notes:

When a government can no longer deliver services to its people, ensure domestic order, and protect the nation’s borders from invasion, conditions are ripe for turmoil, extremism and terrorism to fill the vacuum … the greatest concern will be movement of asylum seekers and refugees who due to ecological devastation become settlers.

In closing the report notes, “Abrupt climate changes could make future adaptation extremely difficult, even for the most developed countries.”

Another report from 2007, the most scientifically literate of the lot, titled The Age of Consequences: The Foreign Policy National Security Implications of Global Climate Change, was produced by the Center for Strategic and International Studies and the Center for a New American Security. Its prominent authors included Kurt Campbell, former deputy assistant secretary of defense; Leon Fuerth, former national security advisor to Vice President Al Gore; John Podesta, former chief of staff for President Bill Clinton; and James Woolsey, former director of the Central Intelligence Agency.

Age of Consequences laid out three plausible scenarios for climate change, each pertaining to different global average-temperature changes. The authors relied on the Fourth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change but noted, “Recent observations indicate that projections from climate models have been too conservative; the effects of climate change are unfolding faster and more dramatically than expected.” The report conceives of future problems not in terms of interstate resource wars but as state collapse caused by “disease, uncontrolled migration, and crop failure, that … overwhelm the traditional instruments of national security (the military in particular) and other elements of state power and authority.” Green ex-spook James Woolsey authored the report’s final section laying out the worst-case scenario. He writes:

In a world that sees two meter sea level rise, with continued flooding ahead, it will take extraordinary effort for the United States, or indeed any country, to look beyond its own salvation. All of the ways in which human beings have dealt with natural disasters in the past … could come together in one conflagration: rage at government’s inability to deal with the abrupt and unpredictable crises; religious fervor, perhaps even a dramatic rise in millennial end-of-days cults; hostility and violence toward migrants and minority groups, at a time of demographic change and increased global migration; and intra- and interstate conflict over resources, particularly food and fresh water. Altruism and generosity would likely be blunted.

the west versus the rest

Other developed states have conducted similar studies, most of them classified. The Australian Defence Force (ADF) produced a report on climate conflict in 2007, a summary of which was leaked two years later: “Environmental stress, caused by both climate change and a range of other factors, will act as a threat multiplier in fragile states around the world, increasing the chances of state failure. This is likely to increase demands for the ADF to be deployed on additional stabilization, post-conflict reconstruction and disaster relief operations in the future.”

The European powers are also planning for the security threats of a world transformed by climate change. The European Council released a climate-security report in 2008, noting that “a temperature rise of up to 2°C above preindustrial levels will be difficult to avoid … Investment in mitigation to avoid such scenarios, as well as ways to adapt to the unavoidable should go hand in hand with addressing the international security threats created by climate change; both should be viewed as part of preventive security policy.”

In familiar language the report noted, “climate change threatens to overburden states and regions which are already fragile and conflict prone,” which leads to “political and security risks that directly affect European interests.” It also notes the likelihood of conflict over resources due to reduction of arable land and water shortages; economic damage to coastal cities and critical infrastructure, particularly Third World megacities; environmentally induced migration; religious and political radicalization; and tension over energy supply.

Western military planners, if not political leaders, recognize the dangers in the convergence of political disorder and climate change. Instead of worrying about conventional wars over food and water, they see an emerging geography of climatologically driven civil war, refugee flows, pogroms and social breakdown. In response, they envision a project of open-ended counterinsurgency on a global scale.

the eco-fascist threat

The watchwords of the climate discussion are mitigation and adaptation – that is, we must mitigate the causes of climate change while adapting to its effects.

Adaptation means preparing to live with the effects of climatic changes, some of which are already underway and some of which are inevitable – in the pipeline. Adaptation is both a technical and a political challenge.

Technical adaptation means transforming our relationship to nature as nature transforms: learning to live with the damage we have wrought by building seawalls around vulnerable coastal cities, giving land back to mangroves and everglades so they can act to break tidal surges during giant storms, opening wildlife migration corridors so species can move north as the climate warms, and developing sustainable forms of agriculture that can function on an industrial scale even as weather patterns gyrate wildly.

Political adaptation, on the other hand, means transforming humanity’s relationship to itself, transforming social relations among people. Successful political adaptation to climate change will mean developing new ways of containing, avoiding, and deescalating the violence that climate change fuels. That will require economic redistribution and development. It will also require a new diplomacy of peace building.

However, another type of political adaptation is already underway, one that might be called the politics of the armed lifeboat: responding to climate change by arming, excluding, forgetting, repressing, policing, and killing. One can imagine a green authoritarianism emerging in rich countries, while the climate crisis pushes the Third World into chaos. Already, as climate change fuels violence in the form of crime, repression, civil unrest, war and even state collapse in the Global South, the North is responding with a new authoritarianism. The Pentagon and its European allies are actively planning a militarized adaptation, which emphasizes the long-term, open-ended containment of failed or failing states – counterinsurgency forever.

This sort of “climate fascism,” a politics based on exclusion, segregation, and repression, is horrific and bound to fail. There must be another path. The struggling states of the Global South cannot collapse without eventually taking wealthy economies down with them. If climate change is allowed to destroy whole economies and nations, no amount of walls, guns, barbed wire, armed aerial drones, or permanently deployed mercenaries will be able to save one half of the planet from the other.

Christian Parenti is a visiting scholar at the Center for Place Culture and Politics at the CUNY Graduate Center and was just appointed professor at the School for International Training, Graduate Institute. This essay is drawn from his new book Tropic of Chaos: Climate Change and the New Geography of Violence.

Breaking the Chains of Modernity

Reimagining old ways of life and death.

by
Dustin Craun

From Adbusters #100: Are We Happy Yet?

Breaking the Chains of Modernity

XAVIER LE ROY

The philosophical and spiritual problems of our age are so great that what our time calls for are new manifestos of knowledge and being. We need a kind of spiritual change that exceeds the political. Unfortunately most of us in the Westernized world spend more time trying to escape from ourselves (sex, shopping, addiction, fashion, entertainment, success), than we ever spend reflecting on the state of our existence, our heart or our soul. We are people driven by our desires: desires which destroy our hearts and any ability to have a connection to the greater spiritual realities that are all around us. As the Qur’an says, “God does not change the condition of a people, until they change their own condition.”

In the classic decolonial manifesto, Discourse on Colonialism, Aimé Césaire described Western life as a poison infecting the planet. Césaire wrote that to understand our existence, “First we must study how colonization works to decivilize the colonizer, to brutalize him in the true sense of the word, to degrade him, to awaken him to buried instincts, to covetousness, violence, race hatred, and moral relativism.” For Césaire, “a gangrene has set in … a center of infection has begun to spread …” The poison Cesaire warned of is a philosophical and spiritual poison that infects each of us today.

In the American Indian scholar Vine Deloria Jr’s final book, The World We Used to Live In, he writes: “The secularity of the society in which we live must share considerable blame in the erosion of spiritual powers of all traditions, since our society has become a parody of social interaction lacking even an aspect of civility. Believing in nothing, we have preempted the role of the higher spiritual forces by acknowledging no greater good than what we can feel and touch.” The de-sacralization of the self and our lifeworlds is leaving our spiritual hearts dead.

To save ourselves, to avert catastrophe, we need to make what Walter Mignolo calls an “epistemic geopolitical move.” That demands a form of critique that is deeply engaged in what is known in Arabic as muhasabah, or self-examination, on three levels: examination of the self and one’s spiritual state; an examination of the dominant hierarchies that we all interact with such as gender, race, class, sexuality, and religious domination; and finally an examination of one’s local knowledge and the place from which critique is emanating. In recentering on the sacred in this process of self-examination, we can learn from Chicana feminists and the emerging idea of “decolonial love.”

Laura Pérez, UC Berkeley Professor of Ethnic Studies, connects “decolonial love” to the Mayan principle of In’Laketch: tu eres mi otro yo (you are my other me). Pérez explains that “not only are we interwoven, we are one. I am you and you are me. To harm another is thus to literally harm one’s own being. This is a basic spiritual law in numerous traditions.” This shift in the geopolitics of knowledge involves a turn away from Descartes and Western modernity’s centering of human consciousness in the mind, to a recentering of consciousness in the spiritual heart (qalb). This idea of a heart centered knowledge is central to many spiritual traditions including Christianity, Buddhism and Islam, and is echoed by Subcommandate Marcos and the Zapatista adage to center politics below and to the left, where the heart is in Aztec and Mayan cosmology.

Similar to Gloria Anzaldua’s concept La Facultad, a form of inner knowledge, is the Islamic concept of Al Basira, the eye of the heart, which is the center of spiritual perception if properly developed. As the great Mystic philosopher Al-Ghazali put it in his masterwork of the inner sciences of Islam, Ihya’ ulum al-din, “Creation refers to the external, and character to the internal, form. Now, the human is composed of a body which perceives with ocular vision (basar) and a spirit (ruh) and a soul (nafs) which perceive with inner sight (basira). Each of these things has an aspect and a form which is either ugly or beautiful. Furthermore, the soul which perceives with inner sight (basira) is of greater worth than the body which sees with ocular vision.” In seeing with the eye of our heart we can begin to differentiate between form and meaning, as the outward forms of things are not always their internal and spiritual reality.

The vision of our hearts has become blinded by the poison of base materialism. In the verse poetry of the early female Sufi saint, Rabi’a al-Adawiyya: “O children of Nothing! Truth can’t come in through your eyes, Nor can speech go out through your mouth to find [God], Hearing leads the speaker down the road to anxiety, And if you follow your hands and feet you will arrive at confusion. The real work is in the Heart: Wake up your Heart! Because when the Heart is completely awake, Then it needs no Friend.”

To break from the chains of modernity, we must learn both from philosophers of decoloniality and the spiritual sciences. Ultimately, we must walk down the path of love, to see each other in the divine light we were born into. As the great mystic philosopher Ibn Arabi said, “I believe in the religion of love, whatever direction its caravans may take, for love is my religion and my faith.”

Dustin Craun is a writer, educator and community organizer who lives in Berkeley, California. This essay is excerpted from his forthcoming book titled Decolonizing the Heart in an Upside Down World.

From KillCap To WikiSwarms

Gaming and activism combine.

by
Micah M. White

From Adbusters #98: American Autumn

WikiSwarms: Gaming and activism combine

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Audio version read by George Atherton – Right-click to download

Guy Debord, the maverick Situationist philosopher, practiced living as if it were a game because he theorized that doing so could spark a revolutionary upheaval. “The sole thrilling direction remains the fragmentary search for a new way of life” beginning with “systematic provocation” that transforms existence into an “integral, thrilling game,” a 24-year-old Debord asserted in 1955. And in the years following the May ’68 uprising, while he grew increasingly reclusive, Debord privately dedicated himself to inventing Kriegspiel, a military strategy board game.

Half a century later, in practically every domain of human endeavor, whether it be selling cat food or meeting up at a bar or planning an insurrection, an operation is struggling with how to “gamify” itself. A dozen or more recently published books cover the application of gaming to life – from alternate reality game designer Jane McGonigal’s Reality Is Broken to Tom Bissel’s Extra Lives and Tom Chatfield’s Fun Inc. But the one author who really glimpses what the future holds is media theorist McKenzie Wark. In his seminal manifesto, Gamer Theory, published in 2007, Wark makes the profound ontological claim that it is no longer a matter of transforming life into a “thrilling game,” as Debord believed, because life under consumerism has already been gamified.

“Ever get the feeling you’re playing some vast and useless game whose goal you don’t know and whose rules you can’t remember?” asks McKenzie Wark. “You are a gamer whether you like it or not, now that we live in a gamespace that is everywhere and nowhere. As Microsoft says: Where do you want to go today? You can go anywhere in gamespace but you can never leave it.”

If Wark’s proposition is true then every being, from friends to fedoras, has become either a player or a prop in an immersive global game of consumerism in which no matter what we do or how we play, capitalism gains. A bold claim, for sure, but Wark’s argument transcends philosophical quibbling: it offers us a profound way to rethink the future of internet-enabled activism.

The tactical genealogy of nearly every major online activist organization can be traced back to the fortuitous sale in 1997 of a Berkeley, California, gaming and screensaver software company whose flagship product was You Don’t Know Jack, an “irreverent” trivia game. The $13.8m sale of Berkeley Systems made husband-and-wife founders Wes Boyd, a computer programmer, and Joan Blades, a vice president of marketing, overnight millionaires. With an excess of leisure time, they founded MoveOn and brought activism into the digital age.

Within months of its formation, MoveOn established itself as a brilliant pioneer of leveraging the nascent internet to transform everyday people into political activists. MoveOn’s success was arguably due to its unique mixture of the spirit of gaming with activism. By connecting members with each other on a local level, MoveOn built a decentralized, grassroots network capable of pulling off surprising nationwide missions that were fun, game-like … and had a political impact.

In 2003, for example, MoveOn members held voter registration house parties and collectively made 300,000 calls in a single afternoon; volunteers visited the offices of every US senator to voice opposition to the impending war; then, in a stunning kickoff, they organized public peace vigils on every continent and in thousands of small towns … with only six days notice. MoveOn’s website at the time conveyed optimistic exhilaration. Members used an ActionForum to sway the direction of the larger organization by posting suggestions and voting up or down on the ideas of others. Those ideas that achieved a critical mass were then acted on by the group. Powered by digital flows, offline campaigns were going viral and not just at MoveOn: from our small office in Vancouver, Adbusters watched in awe as practically overnight Buy Nothing Day became a global sensation. All of us were getting a taste of what might happen if a vibrant activist community were to emerge from a playful cyberspace.

Today, digital activism has reached adolescence and its adult years look to be more game-like than ever. At Adbusters we’ve got KillCap brewing, an anticonsumerism game built on the simple premise of escalating missions that target the visible signs of consumerism: 10 blackpogs, or in-game experience points, for walking away from Starbucks, 15 for defacing the Golden Arches, and 25 for subverting American Apparel’s patriarchal advertising. Here the proverbial “ladder of engagement” that online campaigners reverently talk about becomes a literal leader-board where the highest rank goes to the most active jammers. The beauty of KillCap is that knowing such an urban game is being played alters one’s perception of the city and what constitutes a political act. A jammed billboard, an anticorporate prank and a capitalist hit with a pie, rather than being seen as isolated events, all become signs that jammers are earning blackpogs in KillCap, an exciting game you’ll also want to play.

KillCap works by appropriating the gamespace of consumerism for radical play where jammed corporations become opportunities for leveling up. But it is just the beginning of a whole new kind of activist game. A clue as to what comes next can be found in the emerging field of indie storytelling and roleplaying games. Here the emphasis is placed on the construction of an alternative reality, a counter-narrative that reimagines life. Picture a roleplaying game that takes place in real life where players become actors in an unfolding story whose final scene is global revolution.

Out there, right now, I anticipate that an eccentric game designer is working to craft precisely this kind of narrative activist game that weaves a story bold enough to disassociate players sufficiently from the mores of consumerism. Once “in character,” perhaps players will find the courage to live without dead time, to assume a heroic posture toward life, to embrace a destined overthrow of the corporatocracy. With a strong story line, compelling characters, sufficient players and an element of playful risk, the game world takes on a life of its own. Played seriously enough it becomes reality.

Combining all of these elements is WikiSwarms, perhaps the most rebellious game of all: one that upgrades the MoveOn ActionForum to the needs of playful social revolution. Imagine flashmobs of jammers that appear suddenly, function without leadership, and are the pure manifestation of an anonymous will of a dispersed, networked collective. Targets are suggested, actions are proposed, manifestos drafted … everything is voted on and next steps chosen within minutes. One hour, neoclassical economics departments across the nation are flooded with Kick It Over manifestos, and the next, an impromptu anti-banker street party is being held on Wall Street. One day, a thousand volunteers show up unexpectedly at a nonprofit and ask to help out for a few hours, and the next, overnight guerrilla gardens appear in backstreets. In the downtown Niketown a flash-trial has convened to sentence the swoosh to death row, and online hacktivists are leaking emails that expose city council shenanigans. In this kind of metagame, where a constant people’s assembly determines the rules and objective of the game, anonymous players vie to influence the erratic swooping of the swarm. Welcome to the thrilling world of WikiSwarms, the culture jammer game being played right now in which the future of the Earth is at stake.

The revolutionary spirits of the future – the next Bakunin, Mao, Malcolm X and Debord – will be the ones who create these kinds of fluid, immersive, evocative metagaming experiences that are both playfully thrilling and, as a natural result of their gameplay, an insurrectionary challenge to the capitalist state. We are not far off from a time when revolution is an unauthorized game modification played across the gamespace of entire cities, states and cultures … a kind of radical play that re-enchants the world and transforms our subjectivity, a détournement of the symbolic order at the deepest level.

Micah White wants to meet the next generation of activist game designers. Email him at micah@adbusters.org

Yo soy bipolar, tú eres bipolar

Tu enfermedad mental es su ganancia.

by
Mikkel Borch-Jacobsen

From Adbusters #94: Post Normal


Jim Hogshire (Feral House 1999).

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A primera hora de la mañana del día 13 de diciembre de 2006, policías del pequeño pueblo de Hull, Massachussets, cerca de Boston, llegaron a la casa de Michael y Carolyn Riley en respuesta a una llamada de emergencia. A su hija de cuatro años, Rebecca, le habían diagnosticado trastorno bipolar dos años antes. Cuando los policías llegaron a la casa, encontraron a Rebecca tendida en el piso junto a su osito de peluche. Había muerto de una sobredosis del coctel de medicamentos que su psiquiatra, el Dr. Kayoko Kifuji, había prescrito para ella. En el momento de su muerte, Rebecca tomaba Seroquel®, un poderoso antipsicótico, Depakote®, un antiepiléptico y estabilizador no menos poderoso, y clonidina, un [hipotensivo] que se usa como sedante.

Se acusó a los padres de Rebecca de homicidio en primer grado, pero el papel de su doctora también debe ser cuestionado. ¿Cómo pudo haberle recetado, a una niña de dos años, medicamentos psicotrópicos que normalmente se recetan a adultos con manía psicótica? Sin embargo, el centro médico donde había recibido tratamiento Rebecca emitió un comunicado que describía el tratamiento de la Doctora Kifuji como "apropiado y dentro de los estándares de un profesional responsable". En entrevista con el Boston Globe, la doctora Janet Wozniak, directora del Programa de Trastorno Bipolar en el Hospital General de Massachussets, fue todavía más lejos: "Apoyamos el diagnóstico y tratamiento tempranos porque los síntomas del trastorno bipolar son extremadamente debilitadores y perjudiciales. […] Es nuestra responsabilidad como campo de estudio comprender mejor qué preescolares deben ser identificados y tratados de manera agresiva". El primero de Julio de 2009, un Gran Jurado del condado de Plymouth eximió a la doctora Kifuji de todos los cargos criminales.

¿Cómo hemos llegado a esto? Tal y como señala el psiquiatra e historiador David Healy en su último libro, "Mania: A Short History of Bipolar Disorder" – Mania: breve historia del trastorno bipolar – (Johns Hopkins University Press, 2008), muy pocas personas habían oído hablar del trastorno bipolar antes de 1980, cuando fue introducido en el DSM-III – el manual de diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría – y no fue hasta 1996 cuando un grupo de médicos del hospital General de Massachusetts, dirigido por Joseph Biederman y Janet Wozniak, propuso por primera vez que algunos niños diagnosticados con Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) podrían de hecho padecer un trastorno bipolar. Pero cualquiera que busque hoy en google "trastorno bipolar" se enterará probablemente de  que la enfermedad ha estado siempre con nosotros. Es sólo un nuevo nombre, se nos dice, para lo que antes se denominaba depresión maníaca, un trastorno del humor caracterizado por graves oscilaciones entre estados de hiperactividad y de depresión profunda.

Healy no tiene ningún problema para demostrar que esto último es una ilusión de la retrospección. "La demencia maníaco-depresiva (término acuñado en 1899 por Emil Kraepelin) era una dolencia relativamente rara – diez casos al año por cada millón de personas, dice Healy, o 0.001% de la población general. En contraste, se supone que la incidencia del trastorno bipolar es mucho más alta. En 1994, la encuesta de US National Comorbidity estimó que 1.3 porciento de la población estadounidense sufría de trastorno bipolar. Cuatro años más tarde, el psiquiatra Jules Angst elevó el número a 5%: 5,000 veces más alto que la figura supuesta por Healy. Estamos realmente hablando de lo mismo? O es que el nombre creó una cosa nueva?

Healy se inclina por la segunda hipótesis. El término ‘trastorno bipolar’, explica, se introdujo en 1996 por Jules Angst y Carlo Perris simultáneamente, quienes propusieron separar claramente las depresiones unipolares de los trastornos bipolares (ambos contradecían a Kraepelin, quien creía que ambos trastornos eran manifestaciones del mismo padecimiento maníaco-depresivo). Mientras que su movida conceptual ha sido alabada como un parteaguas, es difícil entender cuál es el punto – hace que el diagnóstico sea más borroso, en vez de más claro. En la práctica, ¿cómo estamos supuestos a distinguir la depresión unipolar del trastorno bipolar en un paciente que todavía no experimenta un episodio de manía? Con todo, lejos de ver en esta incoherencia una razón para rechazar el nuevo paradigma, los psiquiatras desde entonces han hecho lo imposible por parcharla con todo tipo de innovaciones ad hoc.

Primero se hizo una distinción entre ‘trastorno bipolar I’, que aplicaba a pacientes ingresados por episodios de depresión y de manía, y ‘trastorno bipolar II’, que se refería a pacientes ingresados únicamente por un episodio depresivo. En otras palabras, ahora cualquier persona ingresada por depresión podía ser considerada bipolar. Después se eliminó la referencia a la hospitalización para trastorno bipolar II, lo cual representó que ahora podía incluir tipos menos severos de depresión y hiperactividad, así como todo tipo de trastornos neuróticos que Kraepelin nunca habría ni soñado con llamar demencia maníaco-depresiva. Ahora se habla del ‘espectro bipolar’, que incluye, junto con los trastornos I y II, la ciclotimia (una forma leve de bipolar II) y trastorno bipolar "no especificado" (una categoría multiusos en la que se puede poner prácitcamente cualquier inestabilidad afectiva) – a los cuales algunos agregan los trastornos bipolares II ½, III, III ½, IV, V, VI, e incluso un muy cómodo ‘trastorno bipolar sub-umbral’.

La categoría ha crecido tanto que sería difícil encontrar a alguien que no calificara como ‘bipolar’, especialmente ahora que el diagnóstico se aplica libremente a todas las edades. La sabiduría convencional dictaba que el trastorno bipolar se aplacaba con la edad, pero ahora se habla de trastorno bipolar geriátrico en los congresos de psiquiatría. Ancianos deprimidos o agitados se encuentran con un diagnóstico de trastorno bipolar por primera vez en su vida y les prescriben antipsicóticos o antiepilépticos que podrían reducir drásticamente su esperanza de vida: de acuerdo con David Graham, un experto de la Administración de Alimentos y Drogas de EU (FDA), estos medicamentos psicotrópicos son la causa de alrededor de 15,000 muertes de ancianos en EU cada año. De la misma manera, a partir del trabajo de Biederman y Wozniak se supone que el trastorno bipolar puede aparecer en la infancia temprana, no sólo con la llegada de la adolescencia. Como resultado de ésto, la incidencia de trastorno bipolar pediátrico se ha multiplicado 40 veces entre 1994 y 2002.

Entonces, ¿cómo llegamos a aplicar un diagnóstico tan serio a adultos vagamente deprimidos o irritables, a niños desobedientes y a residentes de asilos? ¿Es simplemente que la ciencia psiquiátrica ha progresado y ahora nos permite detectar mejor una enfermedad que anteriormente se había ignorado o malentendido? Healy tiene otra explicación, más cínica: La expansión sin fin de la categoría de trastorno bipolar beneficia a las grandes compañías farmacéuticas ansiosas de vender medicamentos comercializados con el trastorno en mente. La investigación psiquiátrica no se desarrolla en un vacío. Detrás del constante rediseño del mapa de enfermedades mentales por parte de los parte de los psiquiatras hay enormes intereses industriales y financieros que llevan la investigación en una dirección en vez de la otra. Para los investigadores, las enfermedades mentales son realidades cuyos contornos son difíciles de definir; para las compañías farmacéuticas, son mercados que pueden, gracias a técnicas de mercadotecnia y marcaje, ser redefinidos, segmentados, y extendidos para hacerlos más lucrativos. Las incertidumbres del campo de la psiquiatría presentan, en este sentido, una magnífica oportunidad comercial, dado que las enfermedades pueden siempre ajustarse para vender mejor una molécula en particular, bajo una patente en particular.

En el caso del trastorno bipolar, estas manipulaciones conceptuales han significado estirar y diluir la definición de lo que solía llamarse demencia maníaco-depresiva para que pudiera incluir la depresión y otros trastornos anímicos, y así crear un mercado para los medicamentos antipsicóticos ‘atípicos’ como Zyprexa® de Lilly, Seroquel® de AstraZeneca, o Risperdal® de Janssen. Aunque estos medicamentos se hayan aprobado inicialmente sólo para el tratamiento de esquizofrenia y estados agudos de manía, se comercializaron para el tratamiento del trastorno bipolar y, por añadidura, trastornos anímicos en general. Lo mismo sucedió con medicamentos antiepilépticos, que son sedantes fuertes recetados para ataques epilépticos. En 1995, Laboratorios Abbott logró obtener una licencia para ofrecer su antiepiléptico Depakote® para el tratamiento de estados de manía. El Depakote®, sin embargo, no se comercializó como un antiepiléptico, sino como un "estabilizador del estado de ánimo" – término carente de cualquier significado clínico y que es confuso en tanto que parecería sugerir una acción preventiva contra el desorden bipolar que nunca se ha establecido en ningún estudio.

Tras la huella de esta brillante inovación terminológica, otros antiepilépticos como Neurontin® de Warner Lamber/Parke Davis fueron comercializados agresivamente para trastornos del estado de ánimo cuando no habían sido aprobados ni siquiera para estados de manía. ¿Pero qué importaba, cuando el éxito meteórico del concepto "estabilidad del estado de ánimo" hizo prescindible este paso? La sugerencia para los doctores fue que recetaran antiepilépticos o antipsicóticos atípicos para "estabilizar" los estados de ánimo que nunca habían presentado una manía hiperactiva, con la explicación de que esta gente había sido mal diagnosticada con depresión unipolar cuando en realidad eran bipolares. Cualquiera que sepa lo lucrativo que fue el mercado para inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina como Prozac® o Paxil® en los noventa va a ver inmediatamente la intención del ejercicio. Mientras la mayoría de los ISRS ya no tienen patente, el mercado de antipsicóticos atípicos actualmente vale 18 billones de dólares – el doble que el de los antidepresivos en 2001.

Es fácil ver que esta redefinición de la demencia maníaco-depresica hacia el concepto mucho más amplio de desorden anímico claramente refleja la comercialización de antiepilépticos y antipsicóticos atípicos como estabilizadores del estado de ánimo. La pregunta, por supuesto, es si los vendedores de la industria farmacéutica son responsables de la creación de facto del desorden bipolar, o si solo explotaron una investigación psiquiátrica tentativa. Estrictamente, tenemos que conceder que fue oportunismo: la investigación de Angst y Perris sobre trastornos bipolares existe desde 1966, mucho antes del desarrollo de antipsicóticos atípicos y "estabilizadores del estado de ánimo". Pero la realidad del complejo médico-industrial contemporáneo es que su hipótesis no habría sobrevivido, para no decir prosperado, de no haber sido "reclutado" por la industria farmacéutica en un momento determinado, y arrojado con fuerza al público con la ayuda de las más sofisticadas técnicas de mercadotecnia y publicidad.

Esto es lo que Healy llama la "manufactura de consenso": al subsidiar un programa de investigación en vez de otro, una conferencia o simposio, un periódico, una publicación, una sociedad, y así sucesivamente, la industria farmacéutica no sólo se hace de preciosos aliados entre los "líderes de opinión clave" del [establishment] médico, también consigue una manera eficiente de dirigir la discusión académica hacia las dolencias o condiciones que le interesan en cualquier determinado momento. Healy provee una descripción detallada de cómo el trastorno bipolar se presentó hacie el final de los noventa, desde la avalancha de publicaciones escritas por agencias especializadas de relaciones públicas, hasta el patrocinio a grupos de apoyo a pacientes bipolares y la creación de sitios web donde la gente podía llenar "cuestionarios de evaluación del estado de ánimo" que inevitablemente lo despachaban a uno al doctor más cercano. Después de este bombardeo de mercadotecnia, nadie podía ignorar el trastorno bipolar. Como explica una Guía Práctica para la Educación Médica redactada para mercadólogos de la industria, "esencialmente, es como una bola de nieve que va cuesta abajo. Comienza con un pequeño núcleo de apoyo: tal vez unos cuantos abstracts presentados en juntas, artículos en periódicos clave, focos de discusión entre "expertos principales" […], y para cuando llega al pie de la colina, el ruido debería venir de todos lados y todas partes". Hoy en día, las compañías farmacéuticas lanzan enfermedades de la misma manera que marcas de moda lanzan una nueva marca de jeans: crean necesidades que se alinean a las estrategias industriales y a la duración de patentes.

Las técnicas descritas por Healy son las mismas que la industria farmacéutica usa para vender, o sobrevender, condiciones tan diversas como la depresión, la osteoporosis, la hipertensión, fobia social, síndrome metabólico, colesterol alto, síndrome de déficit de atención/hiperactividad, fibromyalgia, trastorno de disforia premenstrual [?], ataques de pánico, síndrome de piernas inquietas, y así sucesivamente. En cada uno de los casos, la existencia y los riesgos de una u otra condición se amplifican para convencernos de tragar productos químicos que pueden ser inútiles o, con frecuencia, potencialmente tóxicos.

En el caso del trastorno bipolar, los medicamentos ofrecidos vienen también con riesgos significativos. Los antiepilépticos pueden ocasionar fallo renal, obesidad, diabetes, y quistes de ovario, y se cuentan entre las drogas más teratogénicas. De los antipsicóticos atípicos, antes conocidos por ser menos tóxicos que los antipsicóticos ‘típicos’ de primera generación, ahora se conocen efectos secundarios muy serios: incrementos de peso significativos, diabetes, pancreatitis, embolia, enfermedades cardíacas, y [disquinesia [tardive]] (una condición que involucra movimientos involuntarios de la boca, labios, y lengua). También pueden, en ciertas circunstancias, ocasionar síndrome neuroléptico maligno, y acatisia, cuyos afectados sufren una extrema intranquilidad interna y pensamientos suicidas. La prescripción de tales medicamentos a pacientes que sufren manía aguda puede ser inevitable, pero, ¿como profiláctico a pensionados deprimidos y niños hiperactivos?

Una serie de prominentes demandas legales ha surgido en los últimos años en EU contra los fabricantes de antiepilépticos y antipsicóticos atípicos por tener efectos secundarios escondidos, y por haberlos comercializado ["off label"] a poblaciones de pacientes sin la aprobación del FDA. Las sumas que se han pagado en multas o arreglos fuera de la corte por las compañías involucradas son impresionantes (un total de 2.6 billones de dolares por la comercialización ilegal de Zyprexa® de Lilly, por ejemplo), y dan una idea de lo desastrosos que han sido en realidad los efectos de los medicamentos. En un avance relacionado, el doctor Joseph Biederman, director del Centro Johnson & Johnson para Investigación de Psicopatología Pediátrica en el Hospital General de Massachussetts y el principal abogado a la causa del trastorno bipolar pediátrico, tiene una citación judicial en una investigación federal para aclarar el 1.6 millón de dólares que recibió entre los años 2000 y 2007 de parte de Johnson & Johnson y otras compañías que estaban en posición de beneficiarse directamente de su investigación.

Pero la comercialización del trastorno bipolar mismo no ha sido puesta a juicio, y probablemente nunca lo sea. Es el crimen perfecto. Los trastornos bipolares I, II, III, etc. permanecen en los libros, y los doctores continúan ejerciendo su libre albedrío prescribiendo Zyprexa® y Seroquel® [off-label] a sus pacientes "bipolares". En diciembre del 2009, la FDA aprobó Seroquel XR®, una versión de liberación prolongada de Seroquel®, para el tratamiento de depresión. Y en cuanto a las ventas de Zyprexa®, subieron un 2% respecto al 2007, año en que el medicamento generó 4.8 billones de dólares en ventas.

Y ahora quién se acuerda de Rebecca Riley?

Mikkel Borch-Jacobsen enseña literatura comparada en la Universidad de Washington. Su último libro es Making Minds and Madness: From Hysteria to Depression (Cambridge University Press). Una versión más larga de este artículo se publicó el 7 de Octubre de 2010 en la London Review of Books.

Translated by the Translator Brigadestranslatorbrigades@gmail.com

¿Por qué no puedo sentir lo que veo?

¿Cuál felicidad se le ha negado a nuestra generación?

by
Jeffrey Andreoni

From Adbusters #89: The Ecopsychology Issue


David Stewart – Gameboys from Fogeys series

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No puedo seguirle el paso a mi abuelo. Cada vez que lo veo, está en camino al gimnasio, va a una excursión de pesca o va a tener una cita con su "muñequita". Mi abuelo tiene 87 años (su muñequita tiene 90) y es una de las personas más felices que haya conocido. A mis 32 años, mi temperamento alegre parece disminuir en proporción inversa a mi edad y eso me hace preguntarme cómo es que mi abuelo, que creció pobre en Hell’s Kitchen y peleó en el extranjero, es mucho más jovial y enérgico que yo.

El psicólogo Martin Seligman realizó dos estudios en los años 70 en el que se le preguntó a personas de diferentes edades acerca de la depresión. Comparando las respuestas de diferentes generaciones, Seligman encontró que la gente más joven es más propensa a padecer depresión que la gente mayor. De hecho, un estudio descubrió que la gente que nació en el segundo tercio del siglo XX tenía diez veces más probabilidades de sufrir de una depresión severa que los que nacieron en el primer tercio del siglo. Por lo tanto, estadísticamente, mi abuelo tiene una mayor probabilidad de ser feliz que yo. 

No lo entiendo. Fui el primer niño del vecindario en tener un Nintendo. Obtuve un automóvil en mi cumpleaños 16 y no tuve que trabajar un sólo día mientras estaba en la universidad (a menos que cuente vender pipas hechas en casa en los conciertos de Phish). Mi abuelo creció sin nada. Tuvo que abandonar la preparatoria durante la Depresión para ayudar a su familia y ganaba dinero lustrando los zapatos de los ebrios en un bar local. ¿Por qué mi generación, que tiene relativa riqueza y privilegios, está presentando índices de depresión más altos que cualquier otra generación?

Recurrí al filósofo francés Jean Baudrillard en busca de algo de iluminación acerca de esta interrogante. Aparentemente, en el siglo XIX, por primera vez en la historia, los humanos comenzaron a requerir de una prueba observable de felicidad. De acuerdo con Baudrillard, la felicidad se convirtió en algo que debía ser medible en términos de ganancia material, algo que fuera evidente a la vista. Pero estoy rodeado de cosas y aún me siento desanimado. A mi edad, mi abuelo tenía menos pertenencias y más felicidad ¿Qué me dice de eso Sr. Baudrillard? Tal vez la gente de las generaciones anteriores -cuyas vidas se caracterizaron por un gran esfuerzo necesario para sobrevivir- era, paradójicamente, más saludables mentalmente (aunque no tenían iPods). Supongo que eso significa que con simplemente voltear a mi alrededor y ver todas mis encantadoras e innecesarias pertenencias (adquiridas con relativa facilidad) no me sentiré tan feliz como me sentiría si me estuviera partiendo el lomo para conseguir comida. Tal vez la ansiedad que siento no tiene nada que ver con mis pertenencias y, quizá, el problema está en mi cerebro.

El núcleo accumbens es una pequeña estructura en el cerebro localizada dentro del cuerpo estriado, el cual controla el movimiento, y está a un lado del sistema límbico, que está relacionado con las emociones y el aprendizaje. El accumbens es el puente principal entre nuestras emociones y nuestras acciones. Estas funciones emocionales y motoras están fuertemente relacionadas y se extienden a la corteza prefrontal, la cual controla nuestros procesos de pensamiento. Es a esta red accumbens-cuerpo estriado-corteza (el sistema crucial que vincula el movimiento, las emociones y el pensamiento) a la que se le ha denominado "circuito de recompensa cerebral".

Este circuito de recompensa es una red neuroanatómica propuesta que encierra la mayoría de los síntomas asociados con la depresión. De hecho, es posible correlacionar cada síntoma de la depresión con una parte del cerebro en este circuito. ¿Pérdida de placer? El núcleo accumbens. ¿Pereza y respuestas motoras lentas? El centro estriado. ¿Sentimientos negativos? El sistema límbico. ¿Baja concentración? La corteza prefrontal. El cerebro también está programado para obtener un profundo sentido de satisfacción y de placer si el esfuerzo físico produce algo tangible, visible y necesario para la supervivencia, por lo tanto, si salgo al campo y cosecho mi propia comida, mi circuito de recompensa será estimulado, provocando una neurogénesis (producción de nuevas células cerebrales), lo cual se cree es un factor importante para recuperarse de la depresión. Desafortunadamente, no tengo un campo que cosechar.

Pero seguramente debe haber otras formas de ganarme mi camino a la felicidad. Aparentemente, el factor clave en el escenario de esfuerzo-recompensa es el uso de las manos. Nuestras manos son tan importantes que moverlas activa áreas de la corteza cerebral más grandes que las que se activan al mover otras partes más grandes de nuestro cuerpo, como la espalda o las piernas. ¿Qué pasaría si yo tratara de construir algunas de mis pertenencias: construir algunas de esas pruebas observables de felicidad de las que habla Baudrillard? Mi abuelo trabajó como artesano toda su vida, construyendo y tapizando muebles. En lugar de cosechar comida, producía objetos.

Consideré intentar algo similar, tal vez trabajando en una fábrica, pero luego leí a Guy Debord, quien afirma que "la separación general del trabajador y el producto tiende a eliminar cualquier comunicación personal directa entre los productores y cualquier sentido integral de lo que están produciendo". Coincidentemente, mi abuelo construía muebles para personas que él conocía. La mayoría de su trabajo era por encargo -diseñaba un producto único para una necesidad específica. Si yo trabajara en una fábrica, estaría armando bienes producidos en serie para consumidores anónimos. Los frutos de mi trabajo, sin duda, serían añadidos al departamento de algún alma melancólica moderna. Esto es a lo que Debord llama en "círculo vicioso del aislamiento"

A diferencia de las personas de mi generación que son definidas cada vez más por sus pertenencias, mi abuelo nunca tuvo mucho. Pero nunca se quejó de no tener porque estaba muy ocupado siendo. Quizá soy infeliz porque mis preocupaciones están invertidas -Estoy demasiado preocupado en tener como para enfocarme en ser. La realización humana ya no está asociada con lo que soy, sino con lo que tengo. Debord dice que ésta es la segunda etapa de la modernización, "en la cual la vida social se vuelve tan completamente dominada por los productos acumulados que causa un cambio de tener a aparentar, en la que todos los que "tienen" ahora deben obtener su prestigio inmediato a través de las apariencias". Por lo tanto, todo lo que necesito hacer para encajar en la sociedad moderna es aparentar ser el dueño de muchas cosas, pero en realidad no seré ni tendré nada. Necesito una imagen personal. Tal vez éste es el signo visible de felicidad del que Buadrillard hablaba. Debo crear una imagen en la cual esconderme y esta imagen es lo único que puedo producir. ¿En verdad he sido reducido a una imagen cuyo único propósito es mezclarse y relacionarse con otros imágenes aparentemente compatibles? ¿La vida moderna es, en verdad, tan compleja?

Si le preguntamos a Gilles Deleuze y a Felix Guattari, la modernización es "un proceso a través del cual el capitalismo desarraiga y mueve lo que está asentado, elimina o destruye lo que impide la circulación y convierte lo excepcional en algo intercambiable". Esto aplica a tanto cuerpos, símbolos, imágenes, lenguajes, parentescos, prácticas religiosas y nacionalidades, así como a las comodidades, la riqueza y la fuerza de trabajo. Por lo tanto, esta imagen de mi mismo que he creado puede ser comprada, vendida o canjeada pero ¿a dónde va?

Va al espectáculo. La voraz e insaciable bestia que consume todas las imágenes y no deja nada a su paso. El espectáculo es la sociedad, es una lente que absorbe tu imagen y no te da nada a cambio: ni un reflejo, ni una impresión, sólo una representación que está más allá de tu control. La imagen que proyectas se une a otras imágenes de la sociedad "espectacular". Nunca volverás a ver tu imagen de nuevo. Nunca verás el espectáculo porque, al igual que tú, es sólo una sombra en la pared de la caverna platónica. La imagen que he proyectado en este ensayo no soy yo, sino la imagen de una persona que dice ser yo. Todo lo que alguna vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación. Ya no estás rodeado de objetos, dice Debrod, sino por un espectáculo:

"Ahí donde el mundo real se transforma en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales. El espectáculo, como una tendencia para hacer que uno vea el mundo a través de varias mediaciones especializados, no es identificable sólo con la vista, aun cuando se combine con el odio. Es esto lo que se escapa de las actividades del hombre, lo que se escapa de la reconsideración y corrección de sus obras. Es lo opuesto al diálogo. Donde sea que haya una representación independiente, el espectáculo se reconstituye a si mismo"

Entonces ¿cómo encontramos la felicidad que se le ha negado a nuestra generación? Dopándonos en una sumisión status quo masiva o derrotando al espectáculo que nos roba nuestra esencia singular. Se único. Usa tus manos. Sal y crea.

Jeffrey Andreoni

Translated by the Translator Brigadestranslatorbrigades@gmail.com

¿Por qué no puedo sentir lo que veo?

¿Cuál felicidad se le ha negado a nuestra generación?

by
Jeffrey Andreoni

From Adbusters #89: The Ecopsychology Issue


David Stewart – Gameboys from Fogeys series

This article is available in:

No puedo seguirle el paso a mi abuelo. Cada vez que lo veo, está en camino al gimnasio, va a una excursión de pesca o va a tener una cita con su "muñequita". Mi abuelo tiene 87 años (su muñequita tiene 90) y es una de las personas más felices que haya conocido. A mis 32 años, mi temperamento alegre parece disminuir en proporción inversa a mi edad y eso me hace preguntarme cómo es que mi abuelo, que creció pobre en Hell’s Kitchen y peleó en el extranjero, es mucho más jovial y enérgico que yo.

El psicólogo Martin Seligman realizó dos estudios en los años 70 en el que se le preguntó a personas de diferentes edades acerca de la depresión. Comparando las respuestas de diferentes generaciones, Seligman encontró que la gente más joven es más propensa a padecer depresión que la gente mayor. De hecho, un estudio descubrió que la gente que nació en el segundo tercio del siglo XX tenía diez veces más probabilidades de sufrir de una depresión severa que los que nacieron en el primer tercio del siglo. Por lo tanto, estadísticamente, mi abuelo tiene una mayor probabilidad de ser feliz que yo. 

No lo entiendo. Fui el primer niño del vecindario en tener un Nintendo. Obtuve un automóvil en mi cumpleaños 16 y no tuve que trabajar un sólo día mientras estaba en la universidad (a menos que cuente vender pipas hechas en casa en los conciertos de Phish). Mi abuelo creció sin nada. Tuvo que abandonar la preparatoria durante la Depresión para ayudar a su familia y ganaba dinero lustrando los zapatos de los ebrios en un bar local. ¿Por qué mi generación, que tiene relativa riqueza y privilegios, está presentando índices de depresión más altos que cualquier otra generación?

Recurrí al filósofo francés Jean Baudrillard en busca de algo de iluminación acerca de esta interrogante. Aparentemente, en el siglo XIX, por primera vez en la historia, los humanos comenzaron a requerir de una prueba observable de felicidad. De acuerdo con Baudrillard, la felicidad se convirtió en algo que debía ser medible en términos de ganancia material, algo que fuera evidente a la vista. Pero estoy rodeado de cosas y aún me siento desanimado. A mi edad, mi abuelo tenía menos pertenencias y más felicidad ¿Qué me dice de eso Sr. Baudrillard? Tal vez la gente de las generaciones anteriores -cuyas vidas se caracterizaron por un gran esfuerzo necesario para sobrevivir- era, paradójicamente, más saludables mentalmente (aunque no tenían iPods). Supongo que eso significa que con simplemente voltear a mi alrededor y ver todas mis encantadoras e innecesarias pertenencias (adquiridas con relativa facilidad) no me sentiré tan feliz como me sentiría si me estuviera partiendo el lomo para conseguir comida. Tal vez la ansiedad que siento no tiene nada que ver con mis pertenencias y, quizá, el problema está en mi cerebro.

El núcleo accumbens es una pequeña estructura en el cerebro localizada dentro del cuerpo estriado, el cual controla el movimiento, y está a un lado del sistema límbico, que está relacionado con las emociones y el aprendizaje. El accumbens es el puente principal entre nuestras emociones y nuestras acciones. Estas funciones emocionales y motoras están fuertemente relacionadas y se extienden a la corteza prefrontal, la cual controla nuestros procesos de pensamiento. Es a esta red accumbens-cuerpo estriado-corteza (el sistema crucial que vincula el movimiento, las emociones y el pensamiento) a la que se le ha denominado "circuito de recompensa cerebral".

Este circuito de recompensa es una red neuroanatómica propuesta que encierra la mayoría de los síntomas asociados con la depresión. De hecho, es posible correlacionar cada síntoma de la depresión con una parte del cerebro en este circuito. ¿Pérdida de placer? El núcleo accumbens. ¿Pereza y respuestas motoras lentas? El centro estriado. ¿Sentimientos negativos? El sistema límbico. ¿Baja concentración? La corteza prefrontal. El cerebro también está programado para obtener un profundo sentido de satisfacción y de placer si el esfuerzo físico produce algo tangible, visible y necesario para la supervivencia, por lo tanto, si salgo al campo y cosecho mi propia comida, mi circuito de recompensa será estimulado, provocando una neurogénesis (producción de nuevas células cerebrales), lo cual se cree es un factor importante para recuperarse de la depresión. Desafortunadamente, no tengo un campo que cosechar.

Pero seguramente debe haber otras formas de ganarme mi camino a la felicidad. Aparentemente, el factor clave en el escenario de esfuerzo-recompensa es el uso de las manos. Nuestras manos son tan importantes que moverlas activa áreas de la corteza cerebral más grandes que las que se activan al mover otras partes más grandes de nuestro cuerpo, como la espalda o las piernas. ¿Qué pasaría si yo tratara de construir algunas de mis pertenencias: construir algunas de esas pruebas observables de felicidad de las que habla Baudrillard? Mi abuelo trabajó como artesano toda su vida, construyendo y tapizando muebles. En lugar de cosechar comida, producía objetos.

Consideré intentar algo similar, tal vez trabajando en una fábrica, pero luego leí a Guy Debord, quien afirma que "la separación general del trabajador y el producto tiende a eliminar cualquier comunicación personal directa entre los productores y cualquier sentido integral de lo que están produciendo". Coincidentemente, mi abuelo construía muebles para personas que él conocía. La mayoría de su trabajo era por encargo -diseñaba un producto único para una necesidad específica. Si yo trabajara en una fábrica, estaría armando bienes producidos en serie para consumidores anónimos. Los frutos de mi trabajo, sin duda, serían añadidos al departamento de algún alma melancólica moderna. Esto es a lo que Debord llama en "círculo vicioso del aislamiento"

A diferencia de las personas de mi generación que son definidas cada vez más por sus pertenencias, mi abuelo nunca tuvo mucho. Pero nunca se quejó de no tener porque estaba muy ocupado siendo. Quizá soy infeliz porque mis preocupaciones están invertidas -Estoy demasiado preocupado en tener como para enfocarme en ser. La realización humana ya no está asociada con lo que soy, sino con lo que tengo. Debord dice que ésta es la segunda etapa de la modernización, "en la cual la vida social se vuelve tan completamente dominada por los productos acumulados que causa un cambio de tener a aparentar, en la que todos los que "tienen" ahora deben obtener su prestigio inmediato a través de las apariencias". Por lo tanto, todo lo que necesito hacer para encajar en la sociedad moderna es aparentar ser el dueño de muchas cosas, pero en realidad no seré ni tendré nada. Necesito una imagen personal. Tal vez éste es el signo visible de felicidad del que Buadrillard hablaba. Debo crear una imagen en la cual esconderme y esta imagen es lo único que puedo producir. ¿En verdad he sido reducido a una imagen cuyo único propósito es mezclarse y relacionarse con otros imágenes aparentemente compatibles? ¿La vida moderna es, en verdad, tan compleja?

Si le preguntamos a Gilles Deleuze y a Felix Guattari, la modernización es "un proceso a través del cual el capitalismo desarraiga y mueve lo que está asentado, elimina o destruye lo que impide la circulación y convierte lo excepcional en algo intercambiable". Esto aplica a tanto cuerpos, símbolos, imágenes, lenguajes, parentescos, prácticas religiosas y nacionalidades, así como a las comodidades, la riqueza y la fuerza de trabajo. Por lo tanto, esta imagen de mi mismo que he creado puede ser comprada, vendida o canjeada pero ¿a dónde va?

Va al espectáculo. La voraz e insaciable bestia que consume todas las imágenes y no deja nada a su paso. El espectáculo es la sociedad, es una lente que absorbe tu imagen y no te da nada a cambio: ni un reflejo, ni una impresión, sólo una representación que está más allá de tu control. La imagen que proyectas se une a otras imágenes de la sociedad "espectacular". Nunca volverás a ver tu imagen de nuevo. Nunca verás el espectáculo porque, al igual que tú, es sólo una sombra en la pared de la caverna platónica. La imagen que he proyectado en este ensayo no soy yo, sino la imagen de una persona que dice ser yo. Todo lo que alguna vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación. Ya no estás rodeado de objetos, dice Debrod, sino por un espectáculo:

"Ahí donde el mundo real se transforma en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales. El espectáculo, como una tendencia para hacer que uno vea el mundo a través de varias mediaciones especializados, no es identificable sólo con la vista, aun cuando se combine con el odio. Es esto lo que se escapa de las actividades del hombre, lo que se escapa de la reconsideración y corrección de sus obras. Es lo opuesto al diálogo. Donde sea que haya una representación independiente, el espectáculo se reconstituye a si mismo"

Entonces ¿cómo encontramos la felicidad que se le ha negado a nuestra generación? Dopándonos en una sumisión status quo masiva o derrotando al espectáculo que nos roba nuestra esencia singular. Se único. Usa tus manos. Sal y crea.

Jeffrey Andreoni

Translated by the Translator Brigadestranslatorbrigades@gmail.com

The Age of Consequences

Gaia in turmoil.

by
David Abram

From Adbusters #99: The Big Ideas of 2012

The Age of Consequences

Kenneth Bok

You are missing some Flash content that should appear here! Perhaps your browser cannot display it, or maybe it did not initialize correctly.

Audio version read by George Atherton – Right-click to download

Today, as Earth shivers into a fever – the planetary climate rapidly warming as oil-drunk civilization burns up millions of years of stored sunlight in the course of a few decades – clearly the felt temper of the atmosphere is shifting, becoming more extreme. As local weather patterns fluctuate and transform in every part of the globe, the excessive moodiness of the medium affects the mental climate in which creatures confront one another, lending its instability to human affairs as well. Our human exchanges – whether between persons or between nations – easily become more agitated and turbulent, apt to flare into storms of blame, anger and war as the disquietude in the land translates into a generalized fearfulness among the population, a trepidation, readiness to take offence or to lash out without clear cause.

Indeed the propensity for random violence becomes more pronounced whenever the sources of stress are unrecognized, whenever a tension is felt whose locus or source remains hidden. And as long as we deny the animate life of the Earth itself – as long as we arrogate all subjectivity to ourselves, forgetting the sentience in the air, and the manifold intelligence in the land – then we’ll remain oblivious to what’s really unfolding, unable to quell the agitation in ourselves because we’re blind to the deeper distress.

For the possibility of a human future, and for our own basic sanity, we need to acknowledge that we’re not the sole bearers of meaning in this world, that our species is not the only locus of feeling afoot in the real. To weather the changes now upon us, we must become ever more attentive to the more-than-human field of experience, consulting the creatures and the old local farmers, comparing notes with neighbors, learning the seasonal cycles of our terrain even as we notice new alterations in those cycles. Listening at once outward and inward, observing the shifts in the animate landscape while tracking the transformations unfolding within us – in this way we weave ourselves back into the fabric of our world.

The violence and disarray of the coming era, its social injustices and its wars will have their deepest source in systemic stresses already intensifying within the broader body of the biosphere. Yet such system-wide strains cannot be alleviated by scapegoating other persons, or by inflicting violence on other peoples. They can be eased only by strengthening the wild resilience of the Earth, preserving and replenishing whatever we can of the planet’s once-exuberant biotic diversity while bringing ourselves (and our communities) into greater alignment with the particular ecologies that we inhabit. Acknowledging that human awareness is sustained by the broader sentience of the Earth; noticing that each bioregion has its own style of sentience; observing the manner in which the collective mood of a terrain alters with every change in weather: such are a few of the ways whereby we can nudge ourselves toward such an alignment.

The era of human arrogance is at an end; the age of consequences is upon us. The presumption that mind was exclusively a human property exemplified the very arrogance that has now brought the current biosphere to the very brink of the abyss. It led us to take the atmosphere entirely for granted, treating what was once known as the most mysterious and sacred dimension of life (called Sila, the wind-mind of the world, by the Inuit; Nilch’i, or Holy Wind, by the Navajo; Ruach, or rushing-spirit, by the ancient Hebrews) as a conveniently invisible dumpsite for the toxic by-products of industrial civilization.

The resulting torsions within the planetary climate are at last forcing humankind out of its self-enclosed oblivion – a dynamic spoken of, in psychoanalysis, as “the return of the repressed.” Only through the extremity of the weather are we brought to notice the uncanny power and presence of the unseen medium, and so compelled to remember our thorough immersion within the life of this breathing planet. Only thus are we brought to realize that our vaunted human intelligence is as nothing unless it’s allied with the round intelligence of the animate Earth.

David Abram is a cultural ecologist and the author of Becoming Animal: An Earthly Cosmology (Pantheon Books, 2010). He lives in the foothills of the southern Rockies. This piece is excerpted from an essay that originally appeared in Gaia in Turmoil: Climate Change, Biodepletion, and Earth Ethics in an Age of Crisis.

The Age of Consequences

Gaia in turmoil.

by
David Abram

From Adbusters #99: The Big Ideas of 2012

The Age of Consequences

Kenneth Bok

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Audio version read by George Atherton – Right-click to download

Today, as Earth shivers into a fever – the planetary climate rapidly warming as oil-drunk civilization burns up millions of years of stored sunlight in the course of a few decades – clearly the felt temper of the atmosphere is shifting, becoming more extreme. As local weather patterns fluctuate and transform in every part of the globe, the excessive moodiness of the medium affects the mental climate in which creatures confront one another, lending its instability to human affairs as well. Our human exchanges – whether between persons or between nations – easily become more agitated and turbulent, apt to flare into storms of blame, anger and war as the disquietude in the land translates into a generalized fearfulness among the population, a trepidation, readiness to take offence or to lash out without clear cause.

Indeed the propensity for random violence becomes more pronounced whenever the sources of stress are unrecognized, whenever a tension is felt whose locus or source remains hidden. And as long as we deny the animate life of the Earth itself – as long as we arrogate all subjectivity to ourselves, forgetting the sentience in the air, and the manifold intelligence in the land – then we’ll remain oblivious to what’s really unfolding, unable to quell the agitation in ourselves because we’re blind to the deeper distress.

For the possibility of a human future, and for our own basic sanity, we need to acknowledge that we’re not the sole bearers of meaning in this world, that our species is not the only locus of feeling afoot in the real. To weather the changes now upon us, we must become ever more attentive to the more-than-human field of experience, consulting the creatures and the old local farmers, comparing notes with neighbors, learning the seasonal cycles of our terrain even as we notice new alterations in those cycles. Listening at once outward and inward, observing the shifts in the animate landscape while tracking the transformations unfolding within us – in this way we weave ourselves back into the fabric of our world.

The violence and disarray of the coming era, its social injustices and its wars will have their deepest source in systemic stresses already intensifying within the broader body of the biosphere. Yet such system-wide strains cannot be alleviated by scapegoating other persons, or by inflicting violence on other peoples. They can be eased only by strengthening the wild resilience of the Earth, preserving and replenishing whatever we can of the planet’s once-exuberant biotic diversity while bringing ourselves (and our communities) into greater alignment with the particular ecologies that we inhabit. Acknowledging that human awareness is sustained by the broader sentience of the Earth; noticing that each bioregion has its own style of sentience; observing the manner in which the collective mood of a terrain alters with every change in weather: such are a few of the ways whereby we can nudge ourselves toward such an alignment.

The era of human arrogance is at an end; the age of consequences is upon us. The presumption that mind was exclusively a human property exemplified the very arrogance that has now brought the current biosphere to the very brink of the abyss. It led us to take the atmosphere entirely for granted, treating what was once known as the most mysterious and sacred dimension of life (called Sila, the wind-mind of the world, by the Inuit; Nilch’i, or Holy Wind, by the Navajo; Ruach, or rushing-spirit, by the ancient Hebrews) as a conveniently invisible dumpsite for the toxic by-products of industrial civilization.

The resulting torsions within the planetary climate are at last forcing humankind out of its self-enclosed oblivion – a dynamic spoken of, in psychoanalysis, as “the return of the repressed.” Only through the extremity of the weather are we brought to notice the uncanny power and presence of the unseen medium, and so compelled to remember our thorough immersion within the life of this breathing planet. Only thus are we brought to realize that our vaunted human intelligence is as nothing unless it’s allied with the round intelligence of the animate Earth.

David Abram is a cultural ecologist and the author of Becoming Animal: An Earthly Cosmology (Pantheon Books, 2010). He lives in the foothills of the southern Rockies. This piece is excerpted from an essay that originally appeared in Gaia in Turmoil: Climate Change, Biodepletion, and Earth Ethics in an Age of Crisis.